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Hemos ido conociendo, y bien seguro que iremos conociendo más, el perfil personal, intelectual, teológico y pastoral del Cardenal Jorge Bergoglio. Nos gustaría reflexionar brevemente sobre una de estas dimensiones en la que quizá no se haya prestado tanta atención como es la del Bergoglio educador.
 
Nos ha llegado del otro lado del atlántico un libro de Sergio Rubin y Francesca Ambrogetti publicado en 2010 que se titula "El Jesuita. Conversaciones con el cardenal Jorge Bergoglio, S. J. ". Efectivamente, como bien se sabe, el Cardenal Bergoglio proviene de la Compañía de Jesús, así pues el componente educativo fue importante en su biografía. En el libro citado, que toma forma de diálogo con los autores, explica entre otros aspectos sus experiencias educativas que se iniciaron, según explican los autores, en el Colegio de la Inmaculada Concepción, de la ciudad de Santa Fe y luego en el Colegio de El Salvador, de Buenos Aires. De estos colegios narra sus primeras experiencias educativas: “Antes de entrar al seminario, había estudiado química y pensé que me iban a dar alguna materia científica, pero no, me encomendaron impartir Psicología y Literatura. Y Psicología la había estudiado cuando cursé Filosofía y me resultaba fácil, mientras que para Literatura, que me gustaba mucho, tuve que prepararme durante el verano” explica Bergoglio. En el libro narra también sus primeras experiencias con alumnos, que se nos hacen comprensibles y nos impresionan porque son las de un educador muy vocacional en sus inicios: “Los quise mucho —escribe Bergoglio en el prólogo del libro de un antiguo alumno al evocar aquellos alumnos—; no me fueron, ni me son, indiferentes y no me olvidé de ellos. Les quiero agradecer todo el bien que me hicieron, de manera especial, al obligarme y enseñarme a ser más hermano que padre.”
 
En el libro citado, existe también la perspectiva de cómo el Cardenal Bergoglio entiende la escuela y la educación. Veamos algún ejemplo. Le preguntan:

—"¿Cómo puede la escuela encontrar el difícil punto de equilibrio entre el anclaje en el pasado, que puede ser un necesario marco de referencia y la necesidad de educar para un mundo diferente, imaginando el futuro donde se deberán insertar los alumnos?

Responde Bergoglio: —Vamos a hablar del alumno y hacerlo extensivo a la escuela. Suelo decir que para educar hay que tener en cuenta dos realidades: el marco de seguridad y la zona de riesgo. No se puede educar solamente en base a marcos de seguridad, ni solamente en base a zonas de riesgo; tiene que haber una proporción, no digo equilibrio, sino proporción. Siempre la educación supone un desequilibrio. Uno empieza a caminar cuando nota lo que le falta, porque si no le falta algo no camina.

—¿Cuál sería, entonces, el sano desequilibrio educativo?

—Hay que caminar con un pié en el marco de seguridad, o sea, en todo lo que viene adquirido, lo que fue incorporado por el alumno, aquello donde está seguro y se siente cómodo. Y con el otro pié, tentar zonas de riesgo, que tienen que ser proporcionales al marco de seguridad, a la idiosincrasia de la persona, al entorno social. Entonces, se va transformando esa zona de riesgo en un marco de seguridad y así sucesivamente, se avanza en la educación. Pero, sin riesgo, no se puede avanzar y, a puro riesgo, tampoco".

Es muy clarificador como entiende Bergoglio la educación: seguridad y zona de riesgo en desequilibrio y movimiento continuado, para posibilitar que el alumno avance. Una visión bien útil y necesaria para la forma de entender la educación en las instituciones educativas de hoy. Todo un reto para los educadores. También parece revelador su pensamiento sobre el cambio humano.