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(Josep M. Domingo) Llevamos un par de meses llenos de novedades en la vida de la iglesia. La renuncia del papa Benedicto XVI, la elección del papa Francisco, con todo lo que ha rodeado los dos eventos, han sido tiempos de sorpresas inesperadas, y no desagradables, sino en la dirección de signos positivos y de esperanza.

Pensaba en ello mientras el equipo de pastoral obrera preparábamos una mesa redonda en Vilafranca sobre el problema de la vivienda en relación a la crisis económica que vivimos. Y pensaba en el lema que han popularizado los del movimiento Plataforma afectados por la hipoteca que también participaron en la mesa redonda. Este lema como sabéis es: "Sí, puede ser" o "sí, se puede hacer" o "sí, es posible", en castellano es "sí, se puede". Y como se puede comprender a primera vista hace referencia a que no es imposible detener la ola de desahucios y cambiar las bases legales para impedir este expolio. Una reciente sentencia de alcance europeo abre la puerta a la esperanza en esta lucha.

En muchos momentos de la vida actual puede invadirnos una sensación de desesperanza, de fuerte desánimo ante la aparente imposibilidad de cambiar las cosas, de impotencia ante el tamaño de los problemas a los que hay que hacer frente. Pero continuamente vemos también que hay motivos de esperanza, que las sorpresas del Espíritu no dejan de aparecer aquí y allá porque Él trabaja continuamente.

Lo hemos visto y confío que lo seguiremos viendo, traducido a decisiones concretas, en estos hechos de la vida de la Iglesia de los últimos meses. Sí, es posible que un papa como Benedicto XVI, tenido por muchos como el guardián de la institución, tome una decisión tan trascendental como poner fecha final a su servicio supremo y expresarlo con unos términos de humildad, de lucidez, de verdadera coraje evangélico, para permitir así que otro emprenda la reforma eclesial que él ve tan necesaria.

Sí, es posible que un colegio de cardenales -también visto con sospecha por parte de muchos opinadores, por la edad, por la composición, por no sé qué designios oscuros- acabe tomando en pocos días una elección inédita en la historia de la iglesia, el primer papa venido del nuevo mundo, de Latinoamérica, y todas las circunstancias de novedad que han acompañado a los primeros días de su nuevo ministerio. Más allá del maremágnum de pronósticos -todos fallidos-, de encuadres ideológicos, de sospechas sobre oscuras conspiraciones, ha prevalecido un factor inesperado, que los creyentes intuimos, invocamos y nunca conocemos, ni controlamos, que se llama Espíritu Santo.

No una fuerza mágica, sino lo del evangelio de Lucas 4,18: El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido. Me ha enviado para dar la buena nueva a los pobres, para anunciar a los cautivos la libertad y  a los ciegos la luz, a poner en libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor. Enrollando el libro, lo devolvió al ayudante de la sinagoga y se sentó. Todos los que estaban en la sinagoga tenían los ojos puestos en él. Entonces se puso a decirles: Hoy se cumple esta escritura que acabáis de oír.

Sí, es posible que el Papa Francisco empiece a hacer gestos y signos-y luego actos y decisiones-que encaminen la iglesia hacia un retorno a la sencillez evangélica y los pobres del mundo. Sí, es posible que un trapero argentino amigo del Papa esté en el primer lugar, en la misa de inicio de pontificado, como siempre deberían estar en la iglesia. Sí es posible que este amigo trapero declare: "Soy representante del movimiento de trabajadores excluidos de Buenos Aires. Hace cinco años el padre Bergoglio nos apoyó en la lucha por nuestros derechos laborales, él estuvo a nuestro lado".

Sí, es posible que, no por obra de un hombre solo, sino como un movimiento del Espíritu, una nueva primavera vuelva a florecer y rejuvenezca una vez más la iglesia de Jesucristo y de los pobres. Si no nos atreviésemos a esperarlo, pedirlo y trabajar por ello, ¿podríamos decir que celebramos la Pascua?

 Crit Solidari, boletín del Equipo de Pastoral Obrera del obispado de Sant Feliu