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Por iniciativa de Benedicto XVI, en nuestra Iglesia celebramos el Año de la Fe, un año para hacernos más conscientes de la fe que profesamos y para profundizar en ella. Pero vivir la fe significa vivir a fondo nuestra vida humana, en nuestro entorno, este año tocado por una crisis hiriente por la cual mucha gente está sufriendo, una crisis que además pone en cuestión todo nuestro sistema democrático e institucional. ¿Cómo afecta esta situación a nuestra experiencia cristiana, a nuestra manera de pensar y vivir la fe? Lo hemos preguntado a unos cuantos hombres y mujeres cristianos de nuestro entorno.

(María Bargalló, maestra) Compartir el sufrimiento de tantas personas que quiero me lleva a entender más profundamente el mensaje evangélico ya vivirlo de forma más radical.

Constatar cada día cómo la voracidad de unos cuantos deja sin lo más elemental a los más débiles me rproduce rebeldía. Siento dentro de mí la indignación de Jesús expulsando a los mercaderes del templo.

La respuesta solidaria de tantos que aportan de buena fe lo que está a su alcance para mitigar la necesidad de los demás me permite asistir en directo, una vez tras otra, al milagro de la multiplicación de los "panes y los peces".

Ante tantos profetas de calamidades siento la necesidad de proclamar las bienaventuranzas. Sé que sólo debemos ser capaces de dejarnos "fecundar" por el Espíritu para que este no sea un sufrimiento estéril, sino dolor de parto para alumbrar hombres y mujeres nuevos.