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Una buena noticia para un periodista posiblemente es una mala noticia para los demás. Joan Francesc Cánovas, periodista y coordinador del Máster en Dirección de Comunicación en el Instituto de Educación Continua (UPF), pronunció esta afirmación en la I Jornada de Comunicación, organizada por la Unión de Religiosos de Cataluña. Su tema de reflexión: «¿Cómo podemos comunicar los valores de las congregaciones religiosas en la sociedad globalizada actual?» Esta frase, debidamente contextualizada en la exposición del profesor Cánovas, refleja la complejidad de relaciones entre periodismo y religión.
 
La mayoría de noticias que aparecen en los medios de comunicación son malas noticias. Problemas, tensiones, asesinatos, violencia, guerras… Las buenas noticias se diluyen en el conglomerado informativo sin adquirir casi un perfil propio. Aquí radica una gran dificultad para el cristianismo, cuya misión encomendada por Jesús consiste en anunciar la buena noticia («evangelio», en griego). No obstante, en las páginas de la Biblia, tanto en el primero como en el segundo testamento, el conflicto está presente, sin atenuantes. Las representaciones artísticas de la Pasión (Olesa, Esparreguera, Cervera…) o los mismos Pastorets (con el demonio como factor de conflicto) lo saben muy bien. El final de la vida de Jesús es la expresión máxima de la tensión. En la Iglesia, ocurre algo parecido. Depositaria de la buena noticia, vive con fuerza sus conflictos internos y las persecuciones externas, que siembran de mártires las páginas de la historia. En este sentido, el periodismo siente atracción por un mundo que, en parte, se le escapa a su conocimiento y control. La elección del papa Francisco ha sido seguida por más de 5.000 periodistas acreditados en Roma. Algo totalmente excepcional. Muchos de ellos han tenido que reciclarse con urgencia porque ignoraban las claves de interpretación eclesiales para entender lo que ocurría. Quienes avanzaron pronósticos se equivocaron sin paliativos.
 
La Iglesia tiene que perder el miedo a los medios de comunicación, pero a la vez no puede afrontarlos con ingenuidad. Pretender que sean boletines oficiales de las diócesis u hojas dominicales no tiene sentido. Los periódicos y las televisiones se mueven por sus propias dinámicas, económicas e ideológicas. Las noticias, pasadas por estos dos filtros, a menudo quedan distorsionadas, pero es lo que hay y no se debe ignorar. Los relatos no siempre se corresponden a los hechos. La figura del Papa, sea quien sea, tiene un alto contenido mediático y lo seguirá teniendo, pero puede ser abordada de forma displicente como ocurrió con Benedicto XVI o amistosa, como en el caso del papa Francisco. 
 
Dos desafíos para muchos medios: reconocer sin prejuicios que la religión merece una sección propia y estable así como la necesidad de confiarla a periodistas o escritores competentes y preparados.