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El Verbo eterno de Dios es sometido al poder sanguinario de un tribuno mediocre. Poncio Pilato marca el periodo de su gobierno con la injusticia más grande de todos los tiempos: enviar a la muerte al autor de la vida.

Por eso, el diálogo entre Poncio Pilato y Jesús es un juego de disparates:

- "Por tanto, ¿tú eres Rey?", le dice Pilato a Jesús. Está claro que es rey pero, para Jesús, "ser rey" no tiene nada que ver con  lo que significa para Pilato el hecho de reinar. Por eso la respuesta de Jesús debía ser incomprensible para el gobernador de Judea:

- "Tú lo dices. Yo soy rey. Yo he nacido y he venido al mundo para dar testimonio de la verdad. Todos los que son de la Verdad escuchan mi voz (Juan 18, 37).

Con su comentario escéptico, Pilato rompe el diálogo:
- "¿Qué es la verdad?" (Juan 18, 38).
 
Nosotros podemos retroceder hasta la palabra de Jesús: "Todos los que son de la verdad escuchan mi voz". ¿Qué quiere decir "ser de la verdad"?
 
Quiere decir una disposición positiva, no superficial, orgullosa o escéptica, una mirada abierta a toda la realidad, no cerrada unilateralmente a una sola franja del conjunto de lo real; una disposición en la que van acordes el conocimiento, el afecto y la acción, de tal modo que "ser de la verdad"  -en la que creemos-  sea idéntico a la obediencia al Amor que, a pesar de todo, se nos comunica.
 
A Jesús le hace sufrir nuestra sumisión al poder maligno que avasalla y hace daño a los demás y a uno mismo. A Jesús le hace sufrir -ya ha entrado en la Pasión- lo que sufren y sufrirán tantos hombres y mujeres torturados por el rodillo implacable del poder que no atiende a la Verdad que se identifica con el amor. Pilato, orgulloso y escéptico, parece no obedecer a nadie: pero es simplemente esclavo de su migaja de poder cruel.
 
Jesús es subido a la Cruz como una extensión corporal, física, del dolor interior que le causaba la actitud de Poncio Pilato, orgullosa, escéptica, cruel, cerrada, sin ningún conocimiento amoroso de la persona que tiene desarmada ante sí. La Cruz escenifica el sufrimiento humano global, interior y corporal, que el Inocente sufrirá hasta morir entregado a nosotros.
 
"Entonces inclinó la cabeza y entregó el espíritu" (Juan 19, 30). Son dos símbolos de paz y de bondad. Inclinó la cabeza ante unos acontecimientos dolorosos que Jesús ni quería ni podía evitar: está bien así.  Exhaló el espíritu como un símbolo de que Jesús nos ama al darnos el Espíritu Santo.