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1. Jesús

Jesús es el nombre que se impuso al Niño el día de la octava de su nacimiento. Significa: Yahvé salva.

Hoy, decir "salvación" quizás es pronunciar una palabra extraña para algunos de nosotros. En cambio, todo es sencillo: ser salvados es disfrutar de la compañía de Dios. Si Dios es Amor, "para mí es bueno estar cerca de Dios" (Salmo 72); estar "al lado", mejor dicho: "dentro" del Amor que es Dios: el máximo sentido que puede tener mi vida.

2. El Cristo

El Ungido por el Espíritu Santo. El Mesías esperado por el Pueblo de Dios. Aquel que, lleno del Espíritu Santo, lo podrá comunicar a los hombres como perdón de los pecados y como vida de los creyentes en Cristo.

Juan Bautista negó que él fuera el Mesías esperado, Jesús no lo niega sino que advierte que nos lo está diciendo desde el comienzo. "¿Quién eres tú?", le preguntan los judíos, intrigados por el posible mesianismo de Jesús. Y Él les responde: "Os lo estoy diciendo desde el principio [con mis obras]" (Juan 8, 25). El Mesías está lleno del Espíritu de Dios y nos lo comunica a nosotros como regalo del Padre del cielo.

3. Su único Hijo

De la profundidad del amor del Padre es engendrado el Hijo, como Palabra de Dios. San Ireneo (siglos II y III) dijo genialmente que, en Dios, engendrar al Hijo es lo mismo que pronunciar la Palabra viva que expresa lo que Dios es.

Durante los cuatro primeros siglos del cristianismo, se precisó -sobre todo en el Concilio de Nicea y en el primero de Constantinopla- que Jesús, en el sentido más fuerte, es Hijo de Dios, de la misma sustancia del Padre: "Dios de Dios y Luz de Luz". Los Concilios precisaban que es a Jesucristo a quien va dirigida nuestra fe. Así la fe da lugar a la esperanza llena de vida eterna y a la caridad eficaz y universal. Como en Jesús, que "ha aprendido" la misericordia que ejerció con la mujer adúltera en la compasión que eternamente vio y sintió siendo Uno con el Padre.

4. Nuestro Señor

Jesús dice a menudo: "Sígueme". El apóstol Pedro escuchó la palabra "sígueme" al principio de la vida pública del Maestro y después de su Resurrección: cuando Jesús resucitado renovaba su llamada y precisaba la misión que daba a Pedro de apacentar las ovejas. El "Señor", por tanto, es por un lado la medida que hace crecer nuestra vida humana y la fuente de donde brota la comunicación del agua viva del Espíritu de Jesús y del Padre.

No es extraño que Tomás, el apóstol, uniese en la más fuerte expresión de fe cristológica y en la adoración más profunda los dos conceptos de Hijo de Dios -y aun de Dios de Dios- y de Señor: "¡Señor mío y Dios mío!" dijo en Juan 20, 28. No lo dijo para acumular títulos cristológicos sino para creer y adorar con amor al único Señor de nuestra vida que nos lleva a amar y a ayudar a los pobres de la tierra.