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Ahora resulta que el cónclave, sin buscarlo en absoluto, se ha convertido en el modelo de la lucidez y de la coherencia. Grupos de presión (política y anticlerical), lobbies de poder, emporios mediáticos, tertulianos ilustres que apoyan la superioridad moral de sus intervenciones en el secuestro del micrófono y pseudoprogresistas que combaten los dogmas de los demás con sus propios dogmas… calificaron el cónclave como una reunión de jerarcas ultraconservadores y gerontocráticos, como un paradigma de la falta de transparencia, como un nido de maquinaciones y de intereses ocultos, como arqueólogos que se aferran al recurso medieval de la fumata blanca.

La situación de la Iglesia está atravesando momentos difíciles. La barca de Pedro navega por mares procelosos. El último timonel ha reconocido no tener las fuerzas suficientes para cumplir su misión. Los escándalos han acaparado los titulares de la prensa. El robo de documentos ha minado la confianza. Tres hechos, acaecidos de manera seguida en un período de cinco semanas, han dado un vuelco espectacular a la situación. Primero, la renuncia de Benedicto XVI, realizada con una madurez impresionante, rompiendo todos los moldes. Actuación modélica. La sociedad civil ha captado el gesto y, al observar a sus propios dirigentes, lo ha envidiado. Segundo, el cónclave. Personas de tendencias diversas, pluralidad étnica, cultural y lingüística, pirámide alta de edad, preparación humana e intelectual de gran calibre… Aislamiento para no verse influenciados. Secreto respetado. Bloqueo de interferencias. Votar sin seguir ninguna disciplina de partido, según la propia conciencia. En cinco votaciones, se ponen de acuerdo con una mayoría superior a los dos tercios. Capacidad de llegar al acuerdo en beneficio del bien común frente a una olla de grillos que suele ser la mayoría de los parlamentos porque, sin respeto a la democracia, buscan el interés del partido. Tercero, la elección del cardenal Bergoglio, como papa Francisco, que sintoniza con la gente, que quiere una Iglesia pobre y para los pobres, que vive austeramente, que seduce con sus aires de cambio. Un personaje venido desde el fin del mundo, que no tiene interiorizados los tics de la curia. Europa conserva el centro geográfico, pero un continente que da su espalda a la vida no puede pilotarla para la humanidad entera. Mientras aquí vivimos el crepúsculo, la aurora brilla en otros continentes. Los cardenales han sabido leer mejor que nadie el momento histórico y han escogido a la persona adecuada. Y la gente se ha dado cuenta. No hay promesas electorales sino un regreso a lo esencial, a la persona de Jesucristo y a los pobres. El papa Francisco señala, a la gente harta de corrupción y sufrimiento, el camino hacia la estrellas y el sueño de un mundo mejor.