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Los grandes cambios se hacen a través de revoluciones. Los cambios profundos, a través de pequeños gestos. Este último cónclave ha estado marcado por la renuncia de Benedicto XVI. Sin muerte ni funerales, se ha realizado en un clima de serenidad, de análisis de la situación eclesial, de preocupación por la curia, de reflexión sobre los retos futuros. La persona elegida ha sido Jorge Mario Bergoglio. Le ha bastado la quinta votación para superar con amplitud las dos terceras partes de los votos exigidos. La expectación ha dado paso a la sorpresa. De nada han servido los cinco mil periodistas concentrados en Roma ni el afán crematístico de las casas de apuestas para adivinar el desenlace. Joe Crilly, portavoz de William Hill, afirmó: «Decir que este resultado ha sido un “shock” sería quedarse corto.» Los sensores mediáticos, una vez más, no han funcionado.  
 
El tiempo determinará si la presentación del nuevo Papa desde el balcón central, ante decenas de miles de personas que abarrotaban la plaza, responde a una serie de anécdotas o establece un conjunto de categorías y novedades. Francisco, el nombre elegido, es nuevo en la relación de pontífices. El mensaje que contiene es de gran calado en los momentos actuales: renovación profunda de la Iglesia llevada a cabo en espíritu de comunión, pobreza frente a ostentación, evangelio sin glosa frente a glosa evangélica, fraternidad frente a grupúsculos de intereses. Un jesuita, Papa por primera vez. Bergoglio procede de la Compañía de Jesús, que fue suprimida en 1773 por el papa Clemente XIV, en una época de grandes convulsiones, y cuyos miembros hacen un cuarto voto de obediencia al Papa. Paradojas de la historia. Las congregaciones religiosas suelen ser reticentes a la hora de aceptar responsabilidades episcopales. Algunas de ellas lo rechazan en sus constituciones, fuera de situaciones de mandato explícito. No siempre es fácil compaginar profetismo y gobierno. Un latinoamericano, argentino para más detalle, Papa por primera vez. No es un objetivo en sí mismo primar la procedencia, pero tiene sus ventajas en este caso. Hijo de emigrantes, puede entender mejor lo que significa esta realidad en un mundo de grandes desplazamientos de población. Saltar el océano, ir «casi hasta el fin del mundo» da la idea de una Iglesia global y pone el acento en el continente con mayor número de católicos.
 
El camino entre obispo y pueblo. El Papado no es una monarquía absoluta, sino que al ser elegido obispo de la Iglesia de Roma, «que es la que preside en la caridad todas las iglesias», alcanza esta dimensión universal. Parecen matices insignificantes y no lo son. Se sigue así el discurso de Benedicto XVI tras su renuncia. Muchos pequeños gestos del papa Francisco: plegaria en directo, silencio, interioridad, vestidos discretos, coche no oficial, pago de la pensión… Cambio en profundidad.