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Los discursos pronunciados por Benedicto XVI en los últimos días antes de que hiciera efectiva su renuncia proporcionan dos claves que pueden pasar inadvertidas, la primera de las cuales me parece totalmente innovadora, tal como lo ha sido su renuncia. Benedicto XVI, hoy obispo emérito de Roma, afirmó en la última audiencia general: «Siempre quien asume el ministerio petrino prescinde de su privacidad (privacy)», es decir, «pertenece siempre y totalmente a todos, a toda la Iglesia». Su renuncia apunta al ejercicio activo del ministerio y a su potestad de gobierno, pero mantiene intacta la pérdida de la su dimensión privada. Dejar de ser Papa no es volver a la etapa anterior ni recuperar su privacidad, tal y como él la entiende. No vuelve a ser el cardenal Ratzinger, que viajaba, asistía a encuentros, pronunciaba conferencias… Se considera a sí mismo como «un peregrino en la última etapa de su vida», dedicada a la oración y a la reflexión. La imagen del helicóptero arrebatando su figura de la escena vaticana tienen resonancias bíblicas que nos remiten al profeta Elías, llevado por un carro de fuego. Una segunda imagen, que subraya el fin de su pontificado, se concentra en el cierre de la puerta de la residencia veraniega de Castel Gandolfo.
 
Respetar su voluntad significa dejarlo escondido del mundo. No obstante, algún paparazzi buscará una captura fotográfica de Benedicto XVI en su retiro para difundirla por los medios y obtener, si cabe, unos buenos dividendos. Se han acabado los viajes apostólicos, las audiencias masivas de los miércoles, los Ángelus desde la ventana de su apartamento, el ritmo diario con entrevistas importantes, las decisiones sobre temas eclesiales candentes… Todo esto queda atrás. Consciente de los problemas, sabe que para facilitar la tarea a su sucesor debe desaparecer del mapa. Georg Ratzinger, hermano de Joseph, lo subraya con claridad en una entrevista publicada en el Corriere della Sera: «Mi hermano no quiere ser un Papa en la sombra, su labor ha terminado.» Encontramos la segunda clave de cómo piensa vivir en la actualidad en las palabras dirigidas a los cardenales en el momento de la despedida: «Entre vosotros está el futuro Papa, al que prometo mi respeto incondicional y obediencia.» Más claro, agua. 
 
La renuncia de Benedicto XVI marca el futuro de la Iglesia, pero sería un error reducirla a dejar el gobierno del Vaticano. Mantener la pérdida de privacidad, sumergirse en el anonimato como hacen los cartujos, sustraerse a los ojos del mundo (mediático), prometer respeto incondicional y obediencia a su sucesor, evitar convertirse en un Papa en la sombra… son condiciones para que su renuncia tenga un sentido plenamente eclesial. Una renuncia tiene ventajas importantes y riesgos evidentes. En el caso de Benedicto XVI, podemos estar tranquilos y confiados.