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Ayer comenzó el Cónclave y, tras una semana intensa de sesiones de reflexión y debate de los cardenales -que han servido para que se conozcan mejor entre ellos y para debatir sobre el presente y futuro de la Iglesia-, hoy el Cónclave sigue, y sobre los cardenales pesa la responsabilidad de elegir al nuevo Padre de la Iglesia. Veremos si hoy, mañana o pasado mañana, llegan a un acuerdo sobre la persona -recordemos que necesitan los dos tercios de los votos- que debe liderar el futuro de la Iglesia Católica Romana.

Yo, hoy, quisiera daros mi opinión sobre la agenda de prioridades que la Iglesia debería asumir en este nuevo mandato que se abrirá. Una nueva etapa marcada por el gesto histórico de renuncia libre y voluntaria de Benedicto XVI, por la mundialización de la Iglesia en todo el mundo y por su descenso en las sociedades europeas, por ser este año, precisamente, el cincuenta aniversario del Concilio Vaticano II y el Año de la Fe y, también, por el desgaste de la credibilidad eclesial, derivado de los casos de pederastia y de las conspiraciones curiales. Pero, por encima de todo, este Cónclave está marcado por un mundo que, con 7.000 millones de habitantes, está cambiando a gran velocidad, en el que la ciencia y la tecnología, además del mercado y la cultura capitalista, parecen haberse convertido en los parámetros básicos de un mundo desbocado y desorientado. Un mundo que ya no está "tutelado" por los países y la cultura occidental, un mundo donde los antiguos países del llamado Tercer Mundo se han convertido -a pesar de sus fuertes desigualdades- en los países emergentes de un mundo definitivamente multipolar.

En este contexto, intuyo cinco líneas prioritarias de futuro:

1. Continuar en el camino marcado por el Concilio Vaticano II. Después de treinta años, el intento de restauración de modelos pasados ​​o de relecturas restrictivas han debilitado a la Iglesia y la han alejado de millones de católicos que han desertado o han renunciado a seguir o transmitir la fe. El camino del aggiornamento debe continuar.

2. La mundialización de la Iglesia debe reflejarse también en su relato. Con más de 1.000 millones de católicos en todo el mundo, los católicos de Latinoamérica, de África y Asia nos deben ayudar a revisitar el relato pastoral y los contenidos catequéticos indispensables para la transmisión de la fe y el anuncio del Evangelio.

3. Conseguir una mayor credibilidad de la misión esencial de la Iglesia, es decir, el testimonio de Dios revelado en la historia humana en la persona de Jesús de Nazaret como manifestación de su amor. Esta mayor credibilidad pasaría por una reelectura entre tradición y renovación, en su proyección pública -que pueda representar mucho mejor la esencia de su mensaje- y perder algunas formas que podían entenderse hace siglos, pero que ahora son sencillamente anacrónicas.

4. Convendría buscar un mayor equilibrio entre la unidad y la pluralidad de la Iglesia, así como entre la necesaria centralidad de su gobierno y las realidades y dinámicas locales, con una mayor participación en los procesos de designación de sus responsables. En síntesis, la Iglesia está llamada a buscar una nueva gobernabilidad interna y externa, con una mayor colegialidad, con un Papa más liberado del gobierno interno para ofrecerse en referente no sólo de la Iglesia Católica sino del conjunto del cristianismo.

5. Dos prioridades: la mediación cultural y la acción social. En algunas sociedades, especialmente en Occidente, el imaginario de la población está huérfano de Dios. Recuperar la credibilidad de la fe pasa por reanudar el diálogo con la modernidad y no menospreciar aspectos básicos del relato moderno como, por ejemplo, la igualdad entre hombres y mujeres. Por otra parte, la acción social, junto a los pobres y marginados, el compromiso por la justicia se encuentra en el núcleo central de la predicación de Jesús y en la centralidad de su credibilidad y novedad.