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Nuevos casos de corrupción a través de dinero, sexo, extorsiones, espionaje… salpican diariamente los boletines informativos. Ninguna instancia parece quedar a salvo. Los culpables ponen porquería ante el ventilador para que todo quede salpicado. El uso político es manifiesto. Existe una sensación de ahogo social y de impunidad. El volumen es de tal magnitud que parece impedir la comprensión de los hechos. Crece la indignación a la vez que la hipocresía. Se propone cambiarlo todo para que todo quede igual.
 
La teología me ofrece la clave mejor para entender, que no justificar, lo que nos pasa. El día 8 de diciembre de 1854, el papa Pío IX proclamó, mediante la bula Ineffabilis Deus, el dogma de que María fue concebida sin pecado original en atención a los méritos de Jesucristo. ¿Qué significado tiene esta afirmación? En resumen, nos desvela una verdad teológica y una existencial. Hacer una catequesis sobre el pecado original resulta, a menudo, complicado. Se pregunta: ¿por qué hemos de asumir las consecuencias de un acto imputable en todo caso a Adán y Eva? ¿Por qué los inocentes tienen que verse implicados en un pecado que no han cometido? Muchos interrogantes. El dogma supone un enaltecimiento de la figura de María, la única, junto con Jesús, libre del pecado original ya desde su concepción. Pero la afirmación teológica deja entrever que todos los demás estamos contaminados desde nuestro origen. Una mirada existencial corrobora esta verdad. Basta entrar dentro de mi corazón para darme cuenta de unas ocultas tendencias que me dificultan actuar de acuerdo con el bien y con las propuestas evangélicas. Estas tendencias arraigan en mí de tal modo que, como Pablo de Tarso, puedo decir: «No hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero.» Estas tendencias ocultas gritan desde los subterráneos de mi corazón y no descansan hasta ver satisfechos sus deseos. Los pecados capitales, ocho según los monjes antiguos, les ponen nombre: orgullo, ira, vanidad, envidia, avaricia, gula, lujuria y pereza. Basta observar los casos de corrupción para darse cuenta de que, en el fondo de cada uno de ellos, se descubre una o más tendencias propias de estos pecados. Nadie está exento de estas tendencias, aunque la ascesis personal y la gracia divina consiguen atemperarlas. Hay escenarios propicios para colmarlas: poder (político, social, religioso, económico, mediático…), riqueza, relaciones… El resultado siempre es nefasto, aun cuando no lo parezca. Cuando falla la moral y la responsabilidad, la sociedad tiene que protegerse de la corrupción, con claridad y firmeza. Pero no siempre los que más hablan son los más puros. Quien olvida mirarse hacia dentro cae siempre en la hipocresía o en la manipulación. No puede haber regeneración sin conocimiento propio ni conversión personal. La humildad de la plegaria ayuda: «No nos dejes caer en la tentación.»