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En Roma hemos visto una despedida cálida pero no masiva ni histérica. Eso está bien. Ha sido una despedida de reconocimiento que se ha parecido más a lo que se tributa a un insigne profesor emérito cuando abandona definitivamente la docencia. Es perfectamente coherente con su pontificado.

Estos días hemos coincidido en más de una conversación al recordar la primera impresión en el "Habemus Papam" del 2005. Ratzinger era la imagen de continuidad más dura. No nos podíamos imaginar que al cabo de ocho años podríamos hacer una lista de los aciertos de su pontificado. Lo fuimos viendo con algunos gestos y en los primeros discursos.

También podríamos citar los errores, pero la balanza se decanta hacia el lado positivo. No tanto por los grandes cambios, sino por la líneas que ha señalado. A pesar de que todavía hay quienes cuando el papa señala hacia un lado, continúan mirando solo el dedo.

Creo que lo más importante de Benedicto XVI ha sido los temas que ha apuntado y hacia qué dirección ha sugerido que había que mirar, básicamente a través de reiterar la centralidad de Jesucristo en la vida de la Iglesia. La renuncia misma apunta a la necesidad de repensar el ministerio petrino, aunque con ello no se resuelva como se debe concretar este replanteamiento.

Y, en esta línea de dar pistas de hacia dónde deberían ir las cosas, las últimas palabras que hemos oído en boca de Benedicto XVI son bien ilustrativas. Desde Castel Gandolfo, un papa que se retira como "peregrino" diciendo que, como desde cualquier otro lugar, trabajará "por el bien común, por el bien de la Iglesia y de la humanidad".

Es decir, que las dos cosas tienen mucho que ver. Hará bien a la Iglesia lo que hará bien a la humanidad. "Vamos juntos hacia adelante con el Señor para el bien de la Iglesia y del mundo". Andiamo avanti, andiamo.