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Benedicto XVI, el día 11 de febrero, en un latín impecable, expresa su renuncia al ministerio de obispo de Roma, sucesor de san Pedro, que será efectiva el día 28 de febrero a las 8 de la tarde. Se rompe así un período de 598 años, en el cual la muerte previa del Pontífice abría el nuevo cónclave. Esta vez no será así. No hará falta asistir al sepelio del Papa para abrir la Capilla Sixtina a los cardenales que elegirán por una mayoría de dos tercios al nuevo Pontífice.
 
La noticia ha sido acogida con sorpresa. La motivación de su renuncia es meridiana: “he arribat a la certesa que, per l’edat avançada, ja no tinc forces per a exercir de manera adequada el ministeri petrí”. Si la renuncia ha provocado sorpresa, la formulación humilde y lúcida de la misma mucho más. Estupor inicial, pero no extrañeza. Cuando el cardenal Ratzinger fue elegido Papa, funcionaron, especialmente a través de los medios de comunicación, muchas etiquetas sobre su persona que impidieron una aproximación real a su figura. Cuando Benedicto XVI abrió conscientemente el círculo de su papado no lo hizo por afán de poder o por protagonismo personal, sino por una opción evangélica así como por un sentido humano y espiritual de responsabilidad. Estas actitudes son las mismas que se ponen en evidencia en la formulación de su renuncia, de modo que cierra el círculo con libertad, osadía y lucidez. El brillo intelectual de sus escritos queda relegado a un segundo término frente a esta decisión, que puede marcar más de lo que se piensa el futuro de la Iglesia. No se va porque ha terminado una tarea, sino porque se han acabado sus energías. El desapego al cargo, la lucidez de su propia situación, la humildad y la aceptación de sus propios límites le empujan a no perjudicar la importancia de la misión que se le encomendó. El baile de adjetivos como conservador y progresista sirve poco para el análisis de su pontificado. Ha afrontado con transparencia la purificación interna de la Iglesia y ha impulsado el reto de una nueva evangelización. Su final como Papa, en un gesto prácticamente inédito, arraiga en la dimensión profética del que abre nuevos horizontes. El mundo civil no ha contemplado su renuncia sin conmoción. La lección sirve también para los gobernantes de todo tipo. La prioridad del servicio frente al apego del poder. La Iglesia no debe dejar pasar esta renuncia sin hacer una profunda reflexión sobre los retos que contiene. La vida religiosa lo ha entendido bien, porque asume con naturalidad estos criterios sobre el servicio de la autoridad, poco frecuentes en otras muchas esferas. Benedicto XVI, consciente de su debilidad, confía en la fuerza del Espíritu que acompaña a las comunidades cristianas a lo largo de los siglos.