Voleu rebre les notícies?

Subscriviu-vos al butlletí gratuït

Existe un desencuentro y un conflicto de cariz político entre Cataluña y España, que va a más, cuyo desenlace aparece incierto. Cada paso de Cataluña, firme unas veces, titubeante, otras, es contestado con menosprecio, ignorancia, amenaza, engaño, fuerza e interpretación restrictiva de la ley. Se esgrime la Constitución como arma en vez de entenderla como espacio de encuentro y diálogo. Un arma, por otra parte, que muestra en la tensión actual sus insuficiencias de origen. Su texto no supo desprenderse de las sombras de la dictadura, tales como una voluntad popular vigilada, unas botas militares dispuestas a intervenir, un reconocimiento tímido de la diversidad, mal gestionada.
 
Predomina la superficie. La mayoría de los análisis se concentran en el epicentro del conflicto político. Las soluciones, también. No hay profundidad. No se baja a las raíces de la situación, al hipocentro del terremoto. ¿Por qué se ha llegado a esta situación? ¿Cuál es el origen de este malestar crónico? ¿Por qué el Estatuto fue cepillado sin contemplaciones y, después, reducido a la insignificacia por un Tribunal, desprestigiado y que no fue renovado de acuerdo con la ley? ¿Por qué Jordi Pujol, que había contemplado siempre la articulación singular de Cataluña dentro de España, hoy se ve abocado al independentismo? ¿Por qué centenares de miles de ciudadanos catalanes se manifestaron el pasado 11 de Septiembre pidiendo que Cataluña fuera un nuevo Estado de Europa? ¿Por qué fue rechazada por el presidente del gobierno español la propuesta del Parlamento catalán sobre el pacto fiscal? ¿Por qué existen continuas agresiones contra la lengua y la cultura catalanas en vez de ser consideradas como un enriquecimiento y un acervo común de todos los españoles? ¿Por qué se produce la asfixia económica de Cataluña, de manera conocida y premeditada? ¿Por qué los relatos de los medios de comunicación atizan irresponsablemente el fuego en vez de objetivar los problemas? ¿Por qué se piensa en la independencia como única salida digna del conflicto político? No hay seducción, sino desamor. 
 
Sin ahondar en el hipocentro, no hay diálogo posible. Tampoco, soluciones. Se atisban enfrentamientos. ¿Se impondrá la razón de la fuerza en vez de la fuerza de la razón? Muy probablemente. ¿Puede una sociedad, una nación, convivir dentro de un Estado en permanente contradicción con su voluntad? Se ha optado, caverna mediática incluida, por imponer la relación propia del gendarme y el prisionero, del rufián y la prostituta, esperando que el síndrome de Estocolmo haga el resto, hasta llegar a agradecer el maltrato y la punición recibidos porque, gracias a ellos, los catalanes no se habrán desviado del sendero justo.