Voleu rebre les notícies?

Subscriviu-vos al butlletí gratuït

Las circunstancias en que nos encontramos son una continua invitación a repensar lo que hacemos, nuestro estilo de vida y, por qué no decirlo, también lo que somos. Esta invitación no solo se dirige a la sociedad y a cada uno de los ciudadanos, sino también a la Iglesia y a todos los que la formamos.

Desde el punto de vista de la ética que debería determinar la vida de nuestra sociedad y también la acción política, en las últimas semanas los medios de comunicación nos han inundado con informaciones relativas a hechos y situaciones que nos han avergonzado. Los que conocían el alcance de las irregularidades existentes en la gestión de los fondos públicos guardaban silencio, hasta que los intereses de personas concretas han puesto en evidencia que todavía no hemos sido capaces de poner punto final a una corrupción que hace años que colea y que ha llegado a extremos que muy pocos podían imaginar. ¿Y qué diremos de la violencia en el seno de las familias, de las guerras entre pueblos vecinos, de los abusos de menores y del terrorismo internacional que no se detiene? Si a estos hechos y situaciones, tan lamentables, añadimos los problemas inherentes a una crisis económica y financiera que parece no tener final, nos llevamos las manos a la cabeza, sorprendidos por la profundidad del pozo en el que hemos caído.

¿Y qué observamos en la Iglesia y en sus miembros? En la noche del mismo día del 50 aniversario de la apertura del Concilio Vaticano II, en papa Benedicto confesó: “En estos cincuenta años hemos aprendido y experimentado que el pecado original existe y se traduce en pecados personales, que pueden convertirse en estructuras de pecado. Hemos visto que en el campo del Señor hay siempre la cizaña. Hemos visto que en las redes de Pedro también se encuentran peces malos. Hemos visto que la fragilidad está presente igualmente en la Iglesia, que la barca de la Iglesia navega con viento contrario, con tempestades que amenazan la nave”. 

Por ello, el mismo Papa no se cansa de proclamar que no podremos hablar de nueva evangelización sin una sincera disposición a la conversión: “Únicamente purificados, los cristianos podrán manifestar el legítimo orgullo de su dignidad de hijos de Dios, creados a su imagen y redimidos por la sangre preciosa de Jesucristo, y experimentar y manifestar su alegría para compartirla con todos, los de cerca y los de lejos”