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Empeñados como estamos en el análisis diario de los mercados y las primas de riesgo, los índices de paro, las crisis políticas sucesivas, las dificultades de la vida cotidiana, los cambios de nuestro entorno como consecuencia de las migraciones y la evolución abrumadora de las tecnologías de la información y de la vida, difícilmente tenemos mucho tiempo para preguntarnos sobre temas de fondo de nuestra condición humana. Estamos demasiado envueltos por una lógica de la inmediatez, líquida, diría Baumann, débil, precaria, pero abrumadora. La avalancha de información invade nuestra vida. Las noticias sobre la política y los políticos nos muestran casi siempre su lado más negativo y tortuoso, su vertiente más sensacionalista y chapucera, favoreciendo la sensación generalizada de frustración y desconcierto.
 
En este contexto, se hace difícil hablar de esperanza. Los escasos ambientes intelectuales del país han desterrado este concepto, lo mismo ha hecho la izquierda política, social y sólo oímos hablar en ambientes estrictamente cristianos. Para los cristianos, la esperanza forma parte de las tres virtudes teologales, junto con la fe y la caridad, a través de las cuales vivimos e intentamos aproximarnos al misterio de Dios. La esperanza conforma una actitud de fondo del ser cristiano, una actitud de confianza y determinación en el sentido de nuestra acción, de la relación que tenemos con los demás y nuestro entorno, y el reconocimiento de la presencia sostenida de Dios en la historia.
 
Ahora bien, además de esta visión estrictamente cristiana, creo necesario animar una cierta actitud de esperanza de carácter laico o no religioso si queremos salir dignamente de la actual situación de colapso. ¿Qué quiero decir? En primer lugar, quiero referirme a la necesidad de saber leer los signos positivos y "esperanzadores" que nos rodean. Me refiero a encontrar o saber encontrar y explicar las noticias positivas que también se producen en nuestra sociedad; cada día, junto a los desastres y las corrupciones, podríamos encontrar muchas otras historias que nos muestran acciones, actitudes y hechos que darían vida a una cara -ahora medio escondida- de la actualidad y de la vida humana. Pero, desgraciadamente, la información, en palabras de Croteau y Hoynes, es cada vez más "sensacionalista, negativa, con eventos en vez de temas, personalidades en vez de políticas, fragmentación y superficialidad, promoviendo más la estrategia que la sustancia". Hay muchas historias que nos podrían mostrar un mundo muy diferente, con personas comprometidas al servicio de los demás, generosas, honestas, buenas. ¿Por qué no lo hacemos? ¿Es posible hacerlo?
 
Y, en segundo lugar, quiero reivindicar la esperanza como capacidad de anticipación para proponer escenarios de futuro posibles y más justos para las personas. Podemos estar esperanzados -y generar una legítima ilusión- si pensamos que podemos transformar las cosas, si podemos construir una sociedad mejor, si desde nuestra acción podemos hacer posibles cambios, pequeños o grandes, que favorezcan una transformación de la sociedad.

Sin una actitud de este tipo, nuestra sociedad estará demasiado condicionada por el derrotismo, la perplejidad y la claudicación. Y así no saldremos de la crisis.