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El inicio del año 2013 con un gran número de hechos convulsos y de un no pequeño número de significativos retos, sin duda, afecta a la palabra y al discurso de manera que probablemente se vayan acentuando algunas prácticas ya presentes. La primera supone «callar» como expresión de una profunda desorientación, desasosiego, cansancio, desbordamiento, etc., como una especie de mutis que integraría desde el «no sé qué pensar» hasta el «ya se apañarán». La segunda, la «queja continua» como centro del discurso sin el acompañamiento de una acción concreta y comprometida en la familia, el trabajo, el barrio, la comunidad, etc. Una tercera que identifico con un «discurso ideológico y/o fundamentalista» que pretende la acérrima defensa de unas determinadas opciones y acciones. Una cuarta, la «banalidad», que no sólo se da en la perspectiva de los actos y de la estética sino sobre todo en la palabra. Muchos medios de comunicación se nutren de «parloteo» y de «habladurías» y si puede ser con morbo, exhibicionismo o disputas, mucho mejor. Y finalmente, la trampa de confundir mensajes e informaciones con palabra y discurso. O formulado de otro modo: cantidad por calidad.
 
En una época de profunda crisis con una clara tendencia al secuestro de la libertad, la racionalidad y el sentido, necesitamos recuperar y reavivar lo más genuino de la palabra y del discurso. Nuevamente es necesaria una reivindicación del compromiso desde la educación y de los educadores y, en especial, de la universidad. En efecto, la palabra y el discurso deben servirnos para acotar, analizar y explicitar lo que está pasando y, especialmente, para interpretar. Nuestra palabra y nuestro discurso deben ir más allá de la función de un diccionario que explica qué significa una palabra. Debemos ser constructores de narraciones que otorguen sentido, o bien, que colaboren a trabarlo en el marco del complejo mundo cultural. Además, ser capaces de formular las preguntas, especialmente, aquellas sobre nuestro futuro y el de las próximas generaciones, así como, sobre la responsabilidad en su construcción. Y de criticar con argumentos sólidos determinadas actuaciones o ideas. Deben servirnos para establecer puentes y poder dialogar desde las diferentes corrientes de pensamiento, opciones políticas, sistemas de creencias y convicciones y, así, cultivar un verdadero encuentro y sentido de comunidad. También para dar testimonio explícito a través de una formulación que vaya más allá de los actos y las actitudes. El discurso y la palabra son vehículos privilegiados para el encuentro profundo entre las personas aportando un verdadero conocimiento de la identidad, la intimidad o el proyecto del otro.
 
Entiendo que el año 2013 sea un año para seguir reivindicando, sin embargo, los educadores no podemos olvidarnos del importante compromiso y servicio de nuestra palabra cuando se desarrolla como discurso humanizador.
 
Publicado en Catalunya Cristiana, núm. 1740, de 27 de enero de 2013, p.12.