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Se celebra hoy el día de la Familia. Y mirando a la Familia de Nazaret, e intentando sintonizar con el corazón de su mensaje de amor entrañable, no puedo menos que, en nombre de Jesús, el Dios de la vida, y su Madre, María, mujer cercana, la mujer de nuestra raza que tuvo el privilegio de acoger “a la Vida”,  que evocar e invocar los auténticos derechos de la familia humana.
 
Y lo hago desde la Familia-Comunidad, que es la Iglesia, pidiendo a todos mis hermanos y hermanas en la fe, que seamos coherentes con los lazos de esta familia, que son tan fuertes o más que los de la sangre, y en virtud del evangelio, que es la norma que rige la convivencia de esta familia dentro de la gran familia humana.
 
¿Cómo es posible que entre nosotros, que nos llamamos hermanos tengamos propiedades que podrían hoy acoger viviendas sociales y proyectos humanizadores, y que nos las pongamos al servicio de las personas?
 
No vale aquello de que la Iglesia es la que más hace y que Caritas, y los misioneros, y Manos Unidas, etc etc….… Todo eso está muy bien, pero en el Evangelio de Jesús es radical: Si ves un pobre no le cierres tus entrañas. Somos administradores de lo que es de todos, y mientras haya alguien que pase frío o se vea condenado a no tener “dónde reclinar la cabeza”, no abrir los espacios que tenemos cerrados para ofrecerles acogida, eso, es robar.
 
Bien por el Obispo Peris de Lérida que acondicionará el Seminario de Lleida para abrir las puertas a los hermanos más pobres. Me duele que en Ciudad Real se haya desahuciado a una familia, pero más grave que ello –que a lo mejor hay razones J- es que haya tantos pisos, rectorías, conventos, monasterios, etc… que en otro tiempo acogieron comunidades o simplemente estaban ocupadas y que hoy están vacías, neciamente vacías, cuando eso ha de ser compartido.
 
Jesús, nuestro hermano mayor, el “Hijo de Dios”, nuestro Maestro, nos dijo que lo que hacemos a un hermano pequeño, se lo hacemos a Él. No podemos tranquilizar la conciencia diciendo que ya se hace. Recordad, “hay que darse” “hay que dar hasta que duela”, “hay que dar a fondo perdido”, “hay que vivir sin retener”.
 
Hace unos meses una fundación propuso a una diócesis rehabilitar un piso que tenían cerrado desde hace años, para acoger a unas familias. La negativa fue la respuesta. Y aun hoy me duele la negativa: ¡lo tenían tan fácil!
 
Es verdad que podemos decir lo mismo de las administraciones, fundaciones, instituciones del Estado o de otras, pero yo a los otros no les puedo exigir, cosa que sí puedo hacer a mis hermanos en la fe, porque juntos compartimos una ética de máximos y es la de Jesús, la que nos dejó como legado antes de marchar de este mundo: Si queréis ser discípulos míos, os tenéis que hacer servidores los unos de los otros, y para participar de su mesa –de la eucaristía- tenemos que hacer lo que Él dijo e hizo: Partir, compartir y repartir el pan, la vida y los bienes.
 
Si no lo hacemos, no somos miembros de la Familia de Dios.
Que tengamos todos un buen día de la familia, y que sepamos que la familia humana estará más unida y será más feliz, si somos capaces de mirarnos a los ojos, de ser corresponsables y de mirar todos en la misma dirección, luchando por la dignidad de todo hombre y de cada hombre; trabajando por la auténtica fraternidad y viviendo como miembros de la familia de Dios.
 
Jesús nos abrió camino y nos marcó la dirección. No hay otra: O servimos o traicionamos. O nos implicamos para que las familias y las personas puedan vivir con dignidad dándolo todo, o Jesús no nos reconocerá como madre, padre o hermanos… Cosa que sólo hace con aquellos que cumplen la voluntad de Dios. Y ¿sabéis? La voluntad de Dios es que todos sus hijos vivan con dignidad, y Él nos dio nuestras manos, y somos las manos de Dios para repartir, compartir y nunca para acumular.