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El Señor nos ha dado la celebración litúrgica, hecha de Palabra de Dios y de símbolos sacramentales, para poder entrar en comunión con Dios que busca al hombre con más deleite todavía que el del hombre que busca a Dios. El Señor y su Iglesia han dispuesto una serie de celebraciones litúrgicas ordenadas en el tiempo, mediante las cuales el pueblo puede seguir toda la serie de los "misterios de la vida de Cristo" a lo largo del año, para que podamos vivir el fruto espiritual de estos misterios.

Diría que, en la Iglesia, la celebración litúrgica es la "casa común" de todos los creyentes: hecha de palabra y de símbolos. No menosprecio de ninguna manera la vía "mística", puesta en marcha a partir del deseo de Dios. Incluso la incluyo como un elemento de la celebración. La celebración litúrgica es presta, sin embargo, a tener la dimensión comunitaria: es como una catedral invisible que, de Cristo, baja a nuestro espacio y nuestro tiempo para darnos la presencia de Dios.

Así, el año litúrgico es la casa propia de todos, regalada por Jesús, el Señor y organizada por la Iglesia, para que los hombres y las mujeres podemos dar culto a Dios en espíritu y en verdad.

Describiré el año litúrgico. Se nos da a vivir el Adviento, como preparación de la venida y presencia de Cristo, y la Navidad -con la Maternidad de la Virgen y con el estallido de luz de la Epifanía- hasta la fiesta del Bautismo de Cristo. Así vivimos el misterio de la Encarnación.

Vienen, después, unas semanas de "tiempo Ordinario", hasta que aparece -en febrero o marzo- la puerta estrecha del Miércoles de Ceniza que abre el tiempo de Cuaresma, preparación de la Pascua. La Pascua estalla con los cincuenta días de alegría vividos con Jesús glorioso. Entre estos cincuenta días se cuenta la Ascensión del Señor. Es el Misterio Pascual que incluye también la venida del Espíritu Santo (Pentecostés). Otra vez el tiempo Ordinario -llamado "tiempo durante el Año"- se extiende hasta bien entrado el otoño: cuando vienen de nuevo, casi coincidiendo con el diciembre, los cuatro domingos de Adviento. Todo gira en torno al misterio de la Encarnación del Hijo y del misterio pascual de muerte y de resurrección.

Esta es la Casa de la Vida cristiana, incluso la Casa de la teología.

La Virgen y los Santos en el Año Litúrgico

El año litúrgico no es una rueda implacable e impersonal que va girando cada año. Junto con los misterios vividos por la persona de Cristo encontramos las fiestas y las conmemoraciones de María Virgen y los Santos que hacen que el año litúrgico se parezca a una reunión familiar y no al transcurrir frío de unas fechas repetidas. Así, las fiestas de la Virgen son también una conmemoración de los misterios de Cristo vividos por María, su Madre.

Los santos aumentan el tono de familia de nuestra relación con "la trascendencia". Allí están todos: los Apóstoles y los Mártires, los de Oriente y los de Occidente: Basilio, Gregorio Nacianceno, Gregorio de Nisa, Juan Crisóstomo, junto con los que nacieron en Oriente pero vivieron o murieron en Occidente, como Ireneo, Ignacio de Antioquía y León el Grande; y los más occidentales: Agustín, Benito, Domingo de Guzmán, Tomás de Aquino, Francisco de Asís y santa Clara, Buenaventura... Y por no hacer interminable esta letanía de los santos, paso de los medievales mencionados a los santos de nuestros días: primero, los beatos Juan XXIII y "nuestro" Doctor Tarrés. A continuación Maximiliano M. Kolbe y Teresa de Calcuta, sin olvidar las dos Teresas carmelitanas, aunque sean anteriores...

¿Por qué no se explica bien, ya desde la Catequesis infantil, que el cristiano vive "empapado" en la Liturgia que tiene por centro la Eucaristía del domingo, a lo largo del año en la rueda del tiempo? No se trata de ir a Misa o no ir. Se trata de respirar el aire transformador de la religión cristiana que nos clarifica la vida espiritual: así, en la liturgia de este año, veréis cómo Cristo Rey aparece como el Buen Pastor lleno de amor que, en la tarde del último día, nos examinará a todos sobre el amor al prójimo.