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Hay perspectivas poco adecuadas para alcanzar la fe. Por ejemplo, ante la religión, tener la convicción previa -el prejuicio- que es algo muy malo o perjudicial para las personas, o bien, escandalizarse debido a que Dios acepte -se piensa que con indiferencia - el mal que gravita sobre el mundo. O, por ejemplo, considerar a Jesús como un gran hombre pero no como aquel que nos puede comunicar la sabiduría y la bondad de Dios.

En cambio hay enfoques que están mucho más cerca de la fe, como es la sintonía con la persona de Jesucristo: con lo que dice y lo que hace, o bien el hecho de reconocer que el cristianismo, tal como se ha dado en la historia, ha propiciado una educación de las personas que -si bien ha tenido agujeros negros- también ha mostrado una capacidad de estructurar a la persona inclinándola hacia el principio del amor y abriéndola a la esperanza.

Cerca de la fe está también la actitud de quienes, viendo el mar o las montañas, piensan en Dios: tocan la fe a través del impulso hacia la eternidad y la bondad de Dios que les provoca el milagro de la existencia del universo; también es positiva la actitud del que está de acuerdo con el régimen de la misericordia (el amor que levanta) y que llega a las personas tal como lo quiso instaurar Jesús; o está de acuerdo con una realidad, diríamos sacramental, que nos avisa comunitariamente de la cercanía de Dios en nuestro tiempo y en nuestro espacio, lo que constituye el marco del año Litúrgico con la sucesión de las fiestas cristianas.

Pues bien, el Evangelio del domingo XIV del tiempo ordinario, contempla la actitud de los habitantes de Nazaret que se escandalizan de Jesús porque lo consideran tan familiar que no entienden que ese hombre pueda venir de Dios y, menos aún, que Dios mismo se manifieste entre ellos a través de la realidad humana de un compatriota tan conocido.

¿Cómo puede Dios, que dista infinitamente del hombre, revelarse en el hijo de María y pariente de una serie de personas del mismo Nazaret? Por eso Jesús les dice que el profeta sólo es desconocido en su pueblo, entre su parentela y en su casa.

A nosotros nos podría pasar algo parecido si pensáramos que Jesucristo levantó una bandera con unos tópicos idealistas lejanos, sobre los cuales tenemos, además, el prejuicio de que son perjudiciales para las personas.

Pero la Buena Noticia de Jesús no está formada por tópicos idealistas sino por la promesa, con la consecuente esperanza, de que podemos extender esta Buena Noticia sobre nuestra vida cotidiana, enriquecida por el amor de Dios que se nos comunica hasta el punto que Cristo y el Padre nos han amado, han venido a nosotros y habitan en nosotros, tal como lo enseña el evangelio de Juan.

Si Teresa de Jesús dijo que "entre los pucheros anda Dios", todavía es más verdad que Dios camina entre las personas y nos atrae hacia Él para que sea posible que nosotros caminemos en este mundo acercándonos a su Reino y a su voluntad de amor.