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Jesús responde así a un maestro de la ley que le pregunta cuál es el principal mandamiento: "Amarás a Dios con todo el corazón, con toda el alma, con toda tu mente, y con toda la fuerza. El segundo es: amarás al prójimo como a ti mismo. No hay un mandamiento más importante que este". Es el mandamiento del amor del que todo el mundo tiene necesidad.
 
El escriba (maestro de la ley) ha escuchado con gusto a Jesús: "Muy bien, Maestro. Tienes razón al afirmar que Dios es único y que no hay otro fuera de él." Incluso el escriba interpreta bien a Jesús en otra afirmación que no consta en este fragmento de Marcos: "Y que amar con todo el corazón, con toda la mente y con toda la fuerza, y amar al prójimo como a uno mismo, vale más que todos los holocaustos y sacrificios".
 
Jesús escucha también a gusto al maestro de la ley. Le dice:
-"No estás lejos del Reino de Dios".
Ya nadie se atrevió a hacer más preguntas. Pero nosotros, como somos sus amigos, le hacemos tres seguidas:
 
Primera: ¿Por qué tenemos que amar a Dios?
Porque Dios es amor. Y quien busca y ama el amor, recibe la comunicación de este Amor y crece como persona, mientras que el que "no ama no conoce a Dios" (1 Juan 4, 8).
 
Segunda: ¿Cómo debemos hacer para amar a Dios?
Jesús ya nos ha respondido con el enunciado del precepto del amor: Ama a Dios con todo el corazón. Todo tú. Que el impulso más grande de mi corazón sea amar a Dios. Más aún: Que ningún lugar de mi corazón esté lleno de las cosas de este mundo que no son el Amor de Dios: lleno del afán del dinero, lleno de miedo, o lleno del afán de placer y de comodidad .

Jesús ya nos ha contestado: Ama a Dios con toda la fuerza, con todo tu ser. Con toda la fuerza quiere decir "como los mártires". Pero atención: como los mártires del siglo XXI, que hay de dos clases. Los primeros son masacrados en Nigeria, Senegal y otros países al igual que en los siglos II y III. Otros, más que dar la vida física, somo invitados -valga la metáfora- a "jugar en campo contrario"; somos invitados a ganar la partida de la fidelidad que acompaña a la fe. Y fe y fidelidad son dones de Dios en un mundo indiferente. Por eso somos invitados, también, al silencio, no a una mística de actos extraordinarios sino a la "mística" de rezar por mañana y tarde, por lo menos un Padrenuestro bien rezado.

Tercera: ¿Cómo amaremos al prójimo? ¿Cómo lo hizo el Buen Samaritano?: a) abriendo los ojos y mirando bien lo que hay en el camino de nuestra vida: ¡cuántas necesidades veremos!, b) dejando que Dios llene de compasión nuestro corazón, como lo estaba el de Cristo, c) acercándonos sin miedo y con gozo al desvalido, pasando a la acción de ayudar. He evocado el esquema esencial de la Parábola del Buen Samaritano.
 
No temais que os falten amigos o conocidos en estado de necesidad. Hay mucha gente carente incluso de paz. Y si vosotros sois humanos y sabéis escuchar, os explicarán lo que les está pasando. Quizá sea suficiente, para empezar, que pidamos a Dios el don de saber escuchar.