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Reflexión en la misma noche electoral. Podría hablar sobre las razones para convocar las elecciones, sobre los resultados de las mismas, sobre las incidencias que se han producido durante la campaña —golpe mediático orquestado con gran amplitud, peso de los recortes, espiral del miedo…— y sobre las consecuencias que se desprenden de la nueva configuración del Parlamento. La relación entre el eje nacional y el eje ideológico crea una complejidad política y social porque no están bien integrados y jerarquizados. No obstante, se perfilan tres escenarios de fondo.
 
Primero, el derecho a decidir el futuro del país, con la independencia como posibilidad. Este derecho ha obtenido 87 diputados entre los cuatro partidos que lo incluían con claridad en su programa, lo que supone un 64,40% partidarios de referéndum. Es un resultado amplio, pero menor del que se esperaba. Esto significa que si se persiste en el objetivo, y no hay indicios de que se desista en perseguirlo, va a ser más difícil de plantear porque debilita la fuerza en la viabilidad de las propias convicciones y envalentona a sus adversarios, que lo han atacado por tierra, mal y aire. Algunas promesas sobre la supresión de recortes pueden dividir a los soberanistas, aunque hacerlos o no escapa en gran modo de su alcance. Se puede caer en un guirigay.
 
Segundo, replantear las relaciones entre España y Cataluña, de modo que Cataluña pueda percibir que las estructuras del Estado español són ágiles y útiles para su identidad, desarrollo, lengua, cultura y economía. La sensación de una obstrucción sistemática a su futuro es amplia, pese a su sentido de estado y a su voluntad de colaboración, manifestado en numerosas ocasiones. No ha perdido el independentismo, sino que se ha radicalizado. Antes era una tímida posibilidad, en esta ocasión se ha hablado de ello sin complejos. Pero puede agudizarse con el paso del tiempo. Las tareas son enormes, porque no existe voluntad ni actitud de diálogo. Escenario poco confiable a partir de la experiencia de muchas décadas.
 
Tercero, persistir en el proceso de la aniquilación de la identidad de Cataluña en todas sus facetas mediante la voluntad de «españolizar». Asimilar Cataluña a la cultura imperante española sin ningún respeto a la pluralidad. Si se produce un fracaso en estos nuevos planteamientos reivindicativos de la sociedad catalana, se repetirá el reinado de Felipe V con formas más cuidadas, pero no por ello menos eficaces. No habrá convivencia en igualdad sino un viaje a la sumisión y a la insignificancia, con rebeldía creciente e imprevisible en sus métodos. España tiene todos los resortes de estado y Cataluña está desprovista e indefensa. Sólo, como se ha hecho durante estos 300 últimos años, los catalanes se mantendrán vivos a través de una inquebrantable voluntad de supervivencia. Una manifestación no basta. Hay que comprometerse.