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El domingo voy a depositar mi voto para las elecciones al Parlamento de Cataluña 2012. No pienso votar en blanco ni dejar pasar la ocasión de expresar mi compromiso social y político a través del ejercicio democrático de la consulta. Muchas cosas no me gustan (campañas del miedo, difamaciones, mentiras, hipocresías, falsas promesas —especialmente de los que saben que no van a ganar ni a gobernar—, insultos, engaños, manipulaciones…), pero descarto cualquier superioridad moral como premisa de convivencia. Estoy en el mismo tablero de ajedrez que todos los demás y desde mi lugar quiero jugar la partida fiel a mi conciencia personal y a mi deseo de buscar el bien común.
 
¿Qué hay en juego en estas elecciones? Fundamentalmente, tres cosas. Primera, la atención a las personas. Me he adherido a manifiestos que van en esta línea y que ahora no voy a desarrollar. Segunda, el derecho a decidir. Todavía no estamos hablando de independencia o de continuar como hasta ahora. Aquí hay la primera trampa. Seas independentista o no, ¿crees que se puede hacer un referéndum sobre el futuro de Cataluña? La composición del Parlamento que salga del escrutinio de esta noche reflejará la posición democrática a favor (o no) del derecho a decidir. Algunos juegan con la ambigüedad, pero ya los conocemos. Los quesitos en las pantallas de televisión recogerán la respuesta. Es el primer paso. Si ganan los soberanistas, el proceso tendrá que resolver el tipo y la legalidad de pregunta, enfrentarse a la oposición «por tierra, mar y aire» que se encontrará en el Estado (político, mediático, funcionarial, militar, jurídico…). Si no ganan, tendrán que encajar el resultado de las urnas y esperar tiempos mejores. Tercera, la gobernabilidad de Cataluña en esta nueva etapa, sea de transición hacia el nuevo modelo, sea de encaje en las estructuras periclitadas, surgidas al amparo de una Constitución a la sombra de las bayonetas en su redacción y con la amenaza del 23F en su interpretación. En el caso que ganen los soberanistas, la lucha entre los partidos victoriosos pueden dinamitar su triunfo nacionalista, hacer inviable el derecho a decidir e imposibilitar el proceso de la independencia. Una mayoría absoluta del partido ganador, con la voluntad de implicar el máximo de adhesiones, puede facilitar las cosas. En este caso excepcional, pudiera ser que los inconvenientes fueran menores que los riesgos. Si los que no creen en el derecho a decidir neutralizan a sus adversarios, Cataluña puede ser barrida del mapa si se mantienen los comportamientos de los últimos decenios.
 
Sea como sea, hoy no es el fin sino el comienzo de una nueva etapa. Habrá que reconstruir los puentes que se han derribado de manera irresponsable si queremos resolver los conflictos de manera pacífica y democrática. El insulto se ha impuesto a la seducción y recomponer las relaciones, si hay interés por las dos partes, será una tarea gigantesca.