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Erich Fromm escribió en 1941 el libro El miedo a la libertad. Vale la pena releerlo para reflexionar con más hondura sobre la situación que vivimos. Con todo, quisiera añadir una coletilla al título original del famoso autor: el miedo a la libertad de los otros. Fromm reconoce que «las luchas por la libertad fueron sostenidas por los oprimidos, por aquellos que buscaban nuevas libertades en oposición a los que tenían privilegios que defender». Para algunos, todo vale para sofocar el intento de libertad de los demás si pueden perjudicar sus intereses. El miedo a perder sus ventajas se proyecta en la creación de miedo hacia quienes aspiran a ser libres. El autoritarismo, la amenaza, la propaganda, la violencia verbal, el catastrofismo, la apelación a la ley… son recursos que se utilizan en tropel para detener cualquier atisbo del derecho a decidir. Menoscaban la autoestima afirmando que sólo ellos son garantes del bienestar de los oprimidos. Mientras, explican que optar por el ejercicio de la libertad ocasiona males apocalípticos… La historia confirma, a menudo, la estupidez de estas afirmaciones. 
 
Saben que pulsar los mecanismos del miedo suele dar magníficos resultados, pero no se dan cuenta de que ellos están movidos por el miedo a perder sus privilegios. Es preferible una libertad arriesgada que una esclavitud segura. Quienes deseen ejercer colectivamente el derecho a decidir en respeto, democracia y paz no lo tienen fácil. Por dos razones. Primera, los que tienen miedo a la libertad de los otros y se benefician de su explotación hacen lo indecible para mantener sus privilegios, utilizando como arma disuasoria el miedo, el engaño, la mentira, los falsos argumentos. Todo encaminado a minar la seguridad. Intentan, además, secuestrar la conciencia del oprimido. Segunda, dividen a quienes desean ejercer su derecho a decidir. Quienes no tienen un temple recio sucumben sin darse cuenta de que escogen la seguridad de los esclavos.
 
El ejercicio de la libertad requiere una travesía por el desierto. Después de una lucha feroz por tomar las propias decisiones ante las presiones y los ejércitos del faraón, se deja atrás la esclavitud. Se abren así los nuevos horizontes de la Tierra Prometida, pero el cansancio provoca que se añoren las cebollas de Egipto. No hay que desfallecer.
 
Martin Luther King en La fuerza de amar dedica un capítulo a los «Antídotos del miedo». Empieza con una cita bíblica: «En el amor no existe temor; al contrario, el amor acabado echa fuera el temor, porque el temor anticipa el castigo; quien siente temor aún no está realizado en el amor» (1 Jn 4,18). Al final del capítulo escribe: «He conocido muy pocos días tranquilos», pero la fe y el coraje dieron alas a su causa.