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Un indicador bien evidente de la progresiva descristianización de nuestra sociedad es el olvido de los santos, incluso en los ámbitos cristianos. Los santos son cada vez menos conocidos, menos recordados, menos leídos, menos celebrados, cada vez tienen menos presencia pública. Cada vez se utilizan menos para dar un nombre a los recién nacidos. Cada vez se usan menos para denominar nuevas poblaciones, instituciones, espacios, calles o iniciativas y sus nombres, considerados como un anacronismo, son a menudo substituidos para evitar toda connotación cristiana o religiosa.

Un día como el de hoy nos invita a tomar nuevamente conciencia del increíble poder transformador de los santos y santas. Sus obras grandiosas han sido immensamente fecundas y sus frutos todavía perduran en innombrables realidades humanas y eclesiales. Su testimonio es todavía inspirador y promotor de iniciativas y de vidas entregadas por amor a Dios y a Jesucristo a favor de la sociedad, a favor de otras personas y a favor de los más débiles.Los colectivos civilos que por razones históricas los tienen como patronos,  harían bien de mantenerlos como referencia por su valor universal.

Los santos han contribuido decisivamente a hacer visible a Jesucristo en la historia y a hacer posible y creíble la fe. No conoceríamos a Jesucristo y la Iglesia no sería nada sin la obra y la santidad de María, de Magdalena, de San Juan Baptista, de los apóstoles o de los evangelistas o San Pablo. También es difícil imaginar qué sería la Iglesia sin San Jerónimo o San Antonio, o sin San Benito, San Agustín, San Bernardo, San Francisco de Asís, Santa Clara, Santo Tomás de Aquino, Santa Teresa de Jesús, San Ignacio de Loyola, San Juan Bosco.... o sin tantos otros santos más cercanos, cuya vida y circunstancias conocemos bien. ¿Podríamos imaginarlo? A todos ellos, pues, debemos de alguna manera la fe que hemos recibido. Su vida es la prueba que el seguimiento de Jesús es humanamente posible y que se puede concretar de infinitas maneras y en todos los contextos. Proclamarlos, hacer memoria de ellos y venerarlos en la liturgia es una de las intuiciones más geniales de la Iglesia.

Haciendo memoria y contemplando de cerca el relato de la vida de los santos, entendemos mejor qué quiere decir el seguimiento de Jesucristo. Comprendemos la seriedad y el calibre del mensaje cristiano. Viendo y saboreando la grandeza y sabiduría luminosas de aquellos hombres y mujeres, descubrimos que Jesús ha actuado en la historia y que está vivo. Nos convencemos de su presencia, comprendemos que es realmente cierto que El es el camino, la verdad y la vida. Y por eso, el recuerdo de los santos es un “instrumento privilegiado de la nueva evangelización”, como justamente nos acaba de recordar el Mensaje final del reciente Sínodo de Obispos (núm.5).

Creo que las comunidades e instituciones cristianas podríamos hoy hacer un gran paso adelante en nuestra acción evangelizadora si recuperásemos seriamente la vida de los santos (al menos  nuestros fundadores, patronos, inspiradores o santos más cercanos), estudiándola, divulgándola àmpliamente y recordándola insistentemente en todas nuestras actividades, dejándonos interpelar, inspirar y guiar cada día por ellos, con una nueva mirada y estudio, con la reflexión y la plegaria.