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El Vaticano II fue un concilio para toda la Iglesia. No sé si resulta demasiado osado decir que en la pretensión lo han sido todos pero que en la evidencia éste fue el primero. Al menos el primero en una nueva comprensión de Iglesia mucho más compleja e integradora. Y también fue un concilio para el mundo. Esta segunda singularidad es indiscutible cuando se «lee» sus textos y sus frutos. Me interrogo si el Concilio Vaticano II —ante las convulsiones contemporáneas y los retos que se derivan— puede ser un referente para los educadores. Fácilmente podríamos obtener una respuesta positiva si apelamos a la pretensión del aggiornamento, a su talante pastoral o la presencia de la declaración sobre la educación cristiana Gravisimum educationis. Pero creo que se puede decir algo más. ¿Acaso el Concilio propuso recetas? ¡No! Ni el Concilio las propuso ni los educadores desplegamos nuestra actividad a base de recetario. Un educador es un transmisor y un comunicador de la cultura, alguien que despierta las capacidades personales, la conciencia de crecimiento, libertad, autonomía..., y al mismo tiempo, un referente y testimonio en lo personal o profesional.
 
El Concilio es plenamente rico, interpelador y actual para los educadores porque supone un modelo de acercamiento y de actitud ante el cambio continuo de nuestro mundo. Porque muestra la necesidad de dar respuesta a la pregunta sobre la propia identidad —«quién soy»— como condición indispensable para hablar con los demás. Porque abraza a toda la humanidad y, en especial, acoge, describe y defiende la diversidad. Porque proclama la libertad de los pueblos y de los individuos en los diferentes ámbitos y dimensiones. Porque describe qué es la cultura y hace referencia a las culturas. Porque el gran instrumento de relación con el mundo se llama diálogo. Porque no simplifica ni condena sino que asume la complejidad y anima hacia el futuro. Porque explicita una especial sensibilidad y prioridad por los pobres y afligidos. Porque cuenta con los individuos y las comunidades. Porque propone un rumbo para los creyentes... Como en el mundo de la educación, el Concilio no quedó reducido a «contenidos» sino que abrió perspectivas para profundizar las relaciones, los sujetos, las instituciones, los problemas, los retos..., y por tanto, desplegó un enorme tacto pedagógico.
 
La celebración del 50º aniversario de la inauguración del Concilio Vaticano II tiene que suponer una buena motivación y justificación para releerlo y, especialmente, una extraordinaria ocasión para aplicarlo y adaptarlo en cada uno de nuestros ámbitos profesionales. El campo de la educación —escolar o universitaria— es uno de ellos.
 
 
Publicado en Catalunya Cristiana, edición 1725, de 14 de octubre de 2012, p.11.