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La fe posee un sistema de ideas, pero no se reduce a ideología. Existe una auténtica urdimbre entre fe e ideología, pero las diferencias son evidentes. Por la fe, se muere. Por la ideología, se mata. No obstante, existe el riesgo de que la fe pierda su esencia y se convierta en ideología. A este hecho apunta el segundo mandamiento: «No tomar el nombre de Dios en vano.» A menudo, en la historia, se ha utilizado la fe para defender determinadas ideas, para imponer una visión concreta del mundo, para anular la conciencia de las personas. ¿El problema era la fe? No, sino su manipulación. Un tema en el que insiste Benedicto XVI: «La religión es paz, no violencia» y «el fundamentalismo es siempre una falsificación de la religión». 
 
Las verdades en las que se basa la fe configuran los dogmas, que orientan el pensamiento sin encorsetarlo. Aquí entra el diálogo entre fe y razón con todas sus variantes culturales. La fe se considera una virtud teologal, es decir, una virtud en referencia a Dios. El evangelio según san Mateo (16,13-28) narra dos diálogos seguidos entre Jesús y Pedro. En el primero, Pedro reconoce en Jesús al Mesías y éste afirma que este conocimiento es fruto de la revelación del Padre. En el segundo, Pedro quiere evitar que Jesús afronte su pasión y muerte y tiene que escuchar de los labios de su maestro una de las frases más duras que Jesús pudo pronunciar: «Vete de aquí, Satanás.» La razón reside en la fe: «Porque no ves las cosas como Dios, sino como los hombres.» La fe exige una gran purificación. Supone una visión de eternidad. Muchas maneras de pensar no se ajustan a la esencia de la fe. Pedro actúa con la mejor intención de proteger a su maestro de una muerte segura, pero pone así en peligro su misión de anunciar la buena noticia. Desde la fe, las cosas, a menudo, se ven de otra manera. El ego, las ideas imperantes que surgen del poder, del prestigio y del dinero, corrompen la visión de la realidad. La fe no tiene su seguridad en las formulaciones del catecismo, aunque puedan ayudar sobremanera, sino en el Dios de Jesucristo.
 
«Las verdades de la fe iluminan la vida y ayudan a dar razón de nuestra esperanza» (1Pe 3,15), pero la persona de fe se pregunta en los acontecimientos de la vida: ¿Cuál es el punto de vista de Dios sobre los temas que me interesan o preocupan? Por esto, la fe no es una meta, sino un camino que se recorre cada día.
 
La fe tiene su raíz en el Dios de las verdades; la ideología, en las verdades de Dios. La fe es un don; la ideología, una conquista. La fe genera mártires; la ideología, verdugos.