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Dos fuerzas bloquean las inversiones de futuro de Cataluña: el Estado español y la reacción interna del país. 
 
España boicotea de manera sistemática las inversiones en Cataluña. Se prefirió que Disney fuera a París antes que edificarlo en territorio catalán. Eurovegas no podía triunfar en Cataluña. Los mecanismos del Estado se pusieron al servicio de Madrid, que ha dado todo tipo de facilidades. Si hubiera ido a Barcelona, algo que sólo un ingenuo podía esperar, los cambios legislativos que exige el proyecto de Adelson nunca hubieran llegado. Ahora será todo más fácil. El corredor del Mediterráneo está casi vetado en contra de la opinión de Bruselas. Se devuelven terrenos a los propietarios, lo que impedirá desdoblar la N2 en algún tramo. Esperanza Aguirre afirmó que la opa de Gas Natural, con el previsible traslado de sede de Endesa a Barcelona, era una «mala noticia» por el hecho de que se «fuera del territorio nacional» y que «antes alemana que catalana». Acabó siendo italiana. El puerto de Barcelona tiene también grandes problemas y el aeropuerto de El Prat está sometido a los intereses de Barajas. Ejemplos, interminables.
 
La reacción interna de Cataluña está instalada en la cultura del no. En el caso de Eurovegas, las razones para oponerse tenían mucha consistencia, pero en la mayoría de otros casos, no. En julio pasado, los diputados del PSC votaron en el Congreso, para no desmarcarse del PSOE, a favor del corredor ferroviario central. Nadie creyó en «un error inexcusable». La inmersión lingüística se considera modélica en Europa, pero el PPC no está por la labor. Si el FC Barcelona quiere realizar algún proyecto urbanístico, sale la asociación de vecinos de Les Corts para bloquearlo todo, mientras el Bernabéu tiene carta tan blanca como el color de su camiseta. A Tarragona le cae la lotería con el proyecto Barcelona World, pero se rechaza radicalmente el nombre. Se fomentó la oposición a Benedicto XVI cuando dedicó el templo de la Sagrada Familia, pese al incalculable impacto mediático a nivel mundial. Fuerzas políticas, enfrentadas a los recortes, elevaron el déficit catalán de manera irresponsable e impune. Ejemplos, interminables.
 
Una sociedad madura es crítica, pero nunca bloquea nada ni acepta todo de manera sistemática. En España, concretamente en Madrid, la permisividad total, impulsada por izquierdas y derechas, está conduciendo a un gigantismo ingobernable. En Cataluña, el bloqueo estatal y la oposición interna acaban inexorablemente en parálisis. Preocupante.