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Paolo Gabriele parece ser un personaje enigmático salido de una novela de Dan Brown. El mayordomo del Papa perdió tal cargo al ser imputado por el caso Vatileaks, que consistió en la sustracción, utilización y difusión de documentos confidenciales. Sin conocer todas las derivaciones de la imputación, el hecho presenta una lectura poliédrica. Ahora y aquí solo me voy a fijar en la motivación del autor.
 
Puede especularse que Paolo Gabriele obró por intereses económicos, que actuó como espía de potencias extranjeras, que fue una marioneta de fuerzas ocultas, que se convirtió en la cabeza de turco de sectores enfrentados dentro de la curia vaticana… Cualquiera de estas posibilidades implica una traición a la confianza y una infidelidad manifiesta a la función encomendada. Profunda decepción para quien ha vivido a su lado, confiando en la honestidad y transparencia de sus servicios. La sentencia dirá.
 
Todo esto, siendo malo, no es lo peor. Hay dos razones expuestas por el propio mayordomo, que le convierten en un auténtico «iluminado»: a) «aunque la posesión de dichos documentos es cosa ilícita, he considerado un deber hacerlo», y b) «pensé que en la Iglesia ese papel (hacer regresar a la Iglesia a su camino correcto) fuese propiamente del Espíritu Santo, por el cual me sentía de alguna manera inspirado». No hay delito, no hay injusticia, todo está bien… porque su autor se considera «inspirado por el Espíritu Santo». No hay que confundirlo con la denuncia profética, sino con sentirse investido por razones superiores. Esta tentación, altamente peligrosa, es frecuente en personas religiosas, fuertemente ideologizadas. No hace falta ir al Vaticano para ver casos que reflejan esta mentalidad. Aquí, en Cataluña, también tenemos. Son personas y grupos que nunca dialogan. Siempre están en posesión de la verdad. Se instalan en el dogmatismo. Hay quienes se escudan en el anonimato y utilizan internet para denigrar a diestro y siniestro. De sus adversarios, no queda títere con cabeza. Faltan a la verdad y no hay una brizna de amor en sus afirmaciones. Regresan a las seguridades del pasado porque son incapaces de afrontar el futuro. Mienten y traicionan. Dicen amar a la Iglesia e ignoran que son una célula cancerosa. 
 
Siempre hay que estar atento y abrir bien los ojos para no caer en esta tentación. La primera mirada debe ser hacia uno mismo. Hay que ser consciente de las propias luces y sombras, no considerarse en la posesión de la verdad absoluta, hablar desde la humildad. Creerse «iluminado» resulta tan ingenuo como peligroso.