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Cataluña tiene plateados varios retos educativos. Destaco dos de rango excepcional. El primero proviene del incremento de la inmigración. El segundo surge de la emigración.
 
Según fuentes de Idescat, Cataluña ha pasado de 6.356.889 (31/12/2001) a 7.432.830 habitantes (31/12/2011) en un período de 10 años. Un crecimiento espectacular de más de un millón de habitantes, no debido al crecimiento natural sino fundamentalmente al saldo migratorio. Un porcentaje pequeño ha venido con alto nivel educativo o profesional. La inmensa mayoría, sin estudios específicos. Se han incorporado adultos que no han realizado los estudios deseables y que, por tanto, presentan déficits, más difíciles de resolver porque están ya fuera del circuito académico. La formación lingüística en catalán puede experimentar un retroceso, especialmente debido a los inmigrantes procedentes de países de habla castellana, porque pueden entender que con su lengua de origen ya tienen bastante. Por tanto, Cataluña tiene que hacer un gran esfuerzo educativo para intensificar la formación de los inmigrantes que presenten carencias educativas y para extender la inmersión lingüística, irrenunciable si se quiere integrarlos en un proyecto común y si no se quiere perder la lengua propia del país de acogida. Los niños y las niñas que se incorporan al proceso escolar representan un plus de dedicación, en especial cuando provienen de lenguas muy distintas. El nivel baja y los resultados son más lentos. El reto consiste en no retroceder. Sólo con un gran esfuerzo se podrá avanzar.
 
La emigración tiene un perfil determinado. Me refiero a los jóvenes, formados en nuestras universidades, a veces con gran nivel de excelencia que, al no encontrar trabajo ni futuro de acuerdo con su preparación, se van al extranjero en búsqueda de mejores oportunidades. Hay familias preocupadas por este tema, ya que afecta a sus hijos. Como país, se pierde en gran manera el resultado de la inversión, no se garantiza el relevo generacional y se baja el nivel profesional. Si no se crean oportunidades para estos jóvenes, la pérdida de talentos está garantizada y también el retroceso como país.
 
Estos dos indicadores, analizados aquí, representan un auténtico desafío para nuestra educación. Las dificultades son enormes, pese a la dedicación vocacional de muchos educadores y profesores, a causa de los recortes, de la disminución de recursos, del colapso económico de los fondos públicos. Pero no podemos sucumbir, ya que hipotecaríamos nuestro futuro.