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No me sumo a la corriente que se carga, de manera indiscriminada, a los políticos. Una generalización sin matices es injusta. Como en todas las profesiones, los hay buenos, mediocres y malos. Hay políticos que dan prioridad a sus intereses particulares por encima del bien común, pero también hay políticos que viven por encima de sus intereses al servicio del bien del país. Debido a la importancia que tienen en el conjunto de la sociedad, hay que ser tan exigente como generoso con ellos. Su eliminación representaría un drama de graves consecuencias, ya que se produciría un vacío y existe una ley según la cual todo vacío tiende a llenarse. ¿De qué, en este caso? De menos democracia y más populismo.
 
Creo que los políticos han de cobrar bien. La crítica a determinadas prácticas poco afortunadas y la decisión de recortar determinadas partidas no implica que los políticos tengan que vivir bajo mínimos. Hay que prestigiar tanto su función social como ser exigentes con su ejercicio en los capítulos de competencia (qué preparación se tiene para el ejercicio de su responsabilidad), transparencia (nitidez en las decisiones adoptadas), anticorrupción (pérdida inmediata del cargo ante la mínima prueba fehaciente que la detecte), asunción de compromisos (afrontar incluso las consecuencias penales de una actuación desafortunada y no marcharse lavándose las manos como si nada hubiera pasado), sentido de país (por encima de los intereses particulares o de partido), ética (consonancia con los valores profundos y sin instalarse en la impunidad)… También hay que ver la proporción de políticos que debe haber para la gobernancia social. Un exceso no ayuda a nada. Un defecto puede bloquear el dinamismo. Existe una corriente social para replantearse la cantidad de políticos. Pero hemos visto cómo las medidas adoptadas han tocado la parte más débil, los concejales de los ajuntamientos, sin rozar siquiera el papel del Senado. La reducción, más que a criterios de austeridad y eficiencia, puede obedecer a motivos estricticamente políticos para asestar un golpe a la diversidad de partidos. Los luctuosos incendios del Ampurdán han evidenciado el papel vertebrador de los alcaldes por la cercanía con los ciudadanos. La inclusión de un político en las listas electorales se debe a la sumisión al jefe que las encabeza, hecho que lo aleja de los votantes, ante quienes no se considera en obligación de dar explicaciones. Un grave perjuicio para la democracia.
 
Si un político no está bien pagado, no estoy diciendo exageradamente pagado, se producirán consecuencias poco deseables. Los mejores, excepto en algún caso, no se dedicarán a la política. Y la sociedad necesita a los mejores, a los más capaces, a los más vocacionados para un servicio público… Si éstos no están en el lugar que se les necesita, otros, mediocres, trepas, adocenados se harán con el escaño, como ya ha sucedido. Querrán pervivir en el cargo porque no sabrían ganarse el sustento en otras áreas de trabajo y producción. El Barça es admirado por su política de cantera, por la excelencia de su juego, por el talento de sus jugadores, pero si el club no los pagara bien, sabiendo que se mueve dentro del marco de los criteros alocados y fuera de toda realidad que gobiernan el mundo del fútbol, el equipo se desharía como un azucarillo. El dinero no es lo más importante, pero cuenta. Los políticos han de cobrar bien, de manera justa y razonable, luchar por su propia dignidad y ganarse la autoridad moral ante los ciudadanos.