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De los Riots a la Happiness

 

Resulta difícil entenderlo, pero Gran Bretaña ha pasado en menos de un año del choque y la angustia de los Riots, los famosos disturbios que conmocionaron al país y a buena parte de Europa, a unas semanas de Happiness, de felicidad colectiva, como consecuencia de los Juegos Olímpicos. Hace sólo un año, a inicios del mes de agosto del año pasado, barrios enteros de Londres y otras ciudades emblemáticas de Gran Bretaña vivían violentas confrontaciones entre las diferentes comunidades étnicas en los barrios marginales, con incendios, disparos y muertos. Durante varios días parecía que la policía no era capaz de detener la violencia desatada. Miles de policías se desplazaron a Londres para controlar la situación ante el asalto a tiendas, almacenes y pérdidas de vidas humanas. Una violencia inesperada que mostraba un malestar profundo en las zonas más pobres.

Pues bien, las semanas de los Juegos Olímpicos han sido un bálsamo en su memoria colectiva. Prácticamente nadie ha hablado. Los Riots, por ahora, han desaparecido de la memoria colectiva. Estas semanas han representado un paréntesis de felicidad colectiva. El diario más independiente y crítico del Reino Unido, The Guardian, referente internacional del periodismo como Le Monde, lo ha dicho bien claro: "Semanas de Felicidad". Los medios de comunicación, con nuestra querida y venerada BBC a la cabeza, han generado un estado de éxtasis nacional con los Juegos y las victòries británicas, de manera que el país entero ha hecho un break. No ha existido nada más. Ni el brutal apagón eléctrico de la India -que nos muestra la debilidad de las nuevas potencias emergentes y nos señala la insostenibilidad del actual modelo de desarrollo-, ni la guerra civil en Siria -con una nueva confrontación entre los Estados Unidos y Europa con Rusia y China de trasfondo-, ni la crisis de la Eurozona, ni mucho menos la misma crisis profunda que vive Gran Bretaña, dos años después de la alianza entre el Partido Conservador y el Partido Liberal Democrático.
 
Los británicos han disfrutado dos semanas históricas, babeando sus merecidas victorias olímpicas, levantando como nunca se había visto su bandera con sabor de antigua potencia colonial que querrían volver a ser, entusiasmados -admiradoss- al verse los mejores. Orgullosos de su país han perdido, incluso, ese punto crítico que les ha hecho únicos en el mundo. Han cerrado los ojos a su historia más reciente y han reclamado el derecho de ser casi los mejores del mundo, sólo superados por los americanos y chinos. ¡Tienen todo el derecho a hacer este paréntesis y disfrutarlo! ¡Sin duda! Pero que se preparen: la crisis en Gran Bretaña es muy fuerte, su gobierno de coalición está a punto de romperse. Cameron está más que cuestionado e incluso los suyos ya le están buscando recambio. Clegg está hundiendo su Partido. El crecimiento económico es negativo y, además, se está produciendo un goteo diario de noticias sabre la corrupción de la City: la manipulación del Libor, el fracaso del RBS, el Standard Chartered Bank acusado por Estados Unidos de financiar a Irán y podríamos seguir con multitud de ejemplos del desastre de la City londinense. Desgraciadamente, cuando pasen estos días de fiesta colectiva y vuelvan a encontrarse ante el estancamiento económico, el recuerdo escondido por ahora de los Riots, las secuelas del Caso Murdoch, y la posible crisis de gobierno, el choque será fuerte, muy fuerte.
 
Estas dos semanas de felicidad británica me han recordado, hace veinte años, nuestras dos semanas de felicidad olímpica con los Juegos de Barcelona. Sin embargo, intuyo que la repercusión de los Juegos no será la misma. Más allá de estas semanas de autoestima colectiva y de algunos equipamientos deportivos importantes, London2012 pasará a la historia como los mejores Juegos Británicos de la Historia. No como los mejores de la historia. Barcelona, ​​con los Juegos, no sólo levantó las infraestructuras decisivas de cara a su futuro sino que además promovió la ciudad por todo el mundo. Ha habido un antes y un después en la historia de nuestra ciudad. No creo que pase lo mismo en Londres. La ciudad ya está situada en el mundo. Más bien, durante estas semanas olímpicas el turismo habitual del mes de agosto ha evitado visitar la ciudad y muchos museos y centros turísticos han estado más vacíos que otros años. El impacto urbanístico de las instalaciones, equipamientos e infraestructuras ha sido mucho menor. No creo que Londres necesitara los Juegos para ser alguien en el mundo.
 
Más allá de la promoción de la ciudad y del país, el objetivo principal que buscaban los organizadores de los Juegos era proyectar una nueva imagen de Gran Bretaña en el mundo, necesitaban mostrarse al mundo. Y, probablemente, volver a reclamar su condición de potencia en el mundo. ¿Lo habrán conseguido?