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(Ramón Masachs) Vivimos tiempos difíciles. ¿Qué tiempos no lo han sido? Siempre ha habido problemas, guerras, divisiones, envidias... y sufrimos. "¡Parece que hayamos venido a sufrir!", dicen algunos. Lo que sí está claro, es que estamos en un tiempo nuevo, un tiempo vertiginoso. La tecnología evoluciona y nos hace evolucionar muy rápidamente. No damos abasto. El tiempo nos gana. El mundo global nos ha cambiado mucho como personas. Somos cristianos, pero ¿cómo hemos llegado aquí? ¿Por qué lo hemos decidido? No diría que no ni que alguien haya llegado por una decisión muy personal, pero nosotros quizás nos hemos encontrado ahí, quizás nos hemos sentido dentro, sin saber demasiado cómo. Podemos correr, vivir ajetreados. Decía aquel tuareg: «Vosotros podéis tener relojes, yo tengo tiempo». Los padres quieren lo mejor para sus hijos; las parejas se rompen y no sabemos demasiado por qué; en la iglesia, hecha de hombres, a veces nos quieren sumisos y con fardos insoportables, todo lo contrario de vivir como personas libres. Dios nos ha dado la libertad, Dios nos ha hecho hombres, Dios nos quiere libres y no sometidos, Dios quiere la comunión y no la excomunión; queremos tener a Dios por nuestros intereses... y todavía no hemos entendido que Dios no es nuestro, sino que nosotros somos de Él. «Eso os mando: que os améis unos a otros». Jesús no quiere que nadie no se sienta querido, que nadie quede excluido, que los enfermos se encuentren solos, que nadie quede sin comer, que alguien piense que Dios le ha olvidado. Este es su testamento: que nos amemos. ¿Cuál será nuestra respuesta?