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Me imagino que las maniobras de distracción que utilizan con frecuencia los políticos deben dar buenos resultados, porque insisten en promoverlas con ocasión y sin ella. Dos ejemplos paradigmáticos, ocurridos unas semanas atrás, protagonizados por Aguirre y Rubalcaba.
 
La presidenta de la Comunidad de Madrid estaba acorralada por el desmoronamiento de Bankia y por el bluf de presentarse como modelo de contención autonómica con un desequilibrio fiscal del 1,13 del PIB, cuando después con las cartas boca arriba alcanzaba el 2,2%. En vez de afrontar los hechos, con sinceridad y transparencia, se produjo una maniobra de distracción, con notable éxito mediático. El gran problema era otro, además hipotético. Si en la final de la Copa del Rey, el público silbaba a la monarquía o al himno, el partido «se debe suspender y celebrarse a puerta cerrada en otro lugar», según criterio de Esperanza Aguirre. Bankia y la manipulación de cifras de su gobierno autónomo pasaban a un segundo lugar. De este modo, el problema era para catalanes y vascos que, en proporción desigual, llenarían el estadio Vicente Calderón. La medida era inviable. Ponerla en práctica hubiera sido demencial y los conflictos de orden público hubieran alcanzado cotas imprevisibles. Incluso se comentó que no hay que mezclar política y deporte, principio que, por lo que se ha visto, ha sido perfectamente observado en el Campeonato Europeo de selecciones. La maniobra de distracción surtió efecto. Las personas más reflexivas se dieron cuenta, pero las tertulias y los debates se centraron en el fútbol. Los grandes defensores de la monarquía dejaron al Príncipe solo en el palco. En resumen, la derecha encuentra en el anticatalanismo su mejor argumento para construir una maniobra de distracción con máximas garantías de éxito. Atizar a los catalanes siempre sale bien y obtiene una rentabilidad asegurada.
 
Alfredo Pérez Rubalcaba, también salpicado por Bankia, e incapaz de promover políticas económicas de izquierda, después de haber sido cómplice del desgobierno de Zapatero, tiene que marcar perfil. Existe una forma barata para construir una maniobra de distracción, que la izquierda utiliza cíclicamente. Meterse con la Iglesia siempre sale bien. La propuesta: que todos los ayuntamientos presenten mociones para que la Iglesia pague el IBI. Después de ser vicepresidente del Gobierno saliente, que no afrontó para nada esta medida, exige desde la oposición lo que ni le pasó por la cabeza aplicar. Afrontar el problema del IBI, en el caso de que exista como tal, sería una medida política que habría que dialogar, pero poner a la Iglesia en el ojo del huracán como si fuera la única que no lo paga o que fuera una privilegiada sin más es otra cosa. Voces sensatas del socialismo catalán se desmarcaron de la iniciativa. Rubalcaba repitió el tic, como sucedió tras su elección por los pelos en el Congreso celebrado en Sevilla. Chacón no se quiso quedar atrás. Un discurso, siempre cíclico, que da una pátina de izquierda ante la incapacidad de actuar en el ámbito de la economía, presa de bancos y mercados.
 
La derecha (y otras fuerzas extremas del mismo ámbito, como UPyD, etc.) se muestran agresivas contra los catalanes. La izquierda (con los partidos más beligerantes en la extrema izquierda) se mete contra los católicos (pese a que una corriente interna quiere compatibilizar su credo religioso con su opción política). En resumen, ser catalán y, a la vez, ser católico es mal asunto. Te abofetean en las dos mejillas, por la izquierda y por la derecha. En el fondo, se trata de maniobras de distracción.