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(Josep Lligadas) Últimamente me he dedicado a leer un par de libros sobre el evangelio de Juan, y me he dado cuenta de algo que hasta ahora me había pasado totalmente desapercibido, y que me hace ver que a menudo pasamos por delante de los textos entendiendolos a partir de unas ideas previas que no nos permiten descubrir lo que realmente dicen.

En la teología cristiana, es decir, en la manera de entender nuestra fe, me parece que todos damos por supuesto que cuando hablamos de la salvación de Jesús estamos diciendo que nosotros estamos marcados por el pecado y que la venida de Jesús, con su fidelidad hasta la muerte, nos libera. Seguramente que no nos queda muy claro cómo funciona esto, pero sí que tenemos claro que la fe que nos han transmitido es ésta. Y por tanto, de aquí se deduce que un punto de partida básico para recibir esta salvación es reconocer que somos pecadores y que necesitamos que Jesús nos libere del pecado.

Esta concepción de la fe tiene, ciertamente, exageraciones que rechazamos. Sobre todo, aquella tan típica de que Dios reclamaba la sangre de su Hijo, derramada por nosotros, para satisfacer las ofensas de nuestros pecados. Pero en todo caso, sí que parecería indiscutible que nuestro pecado y la liberación que Jesús nos da son piezas claves del ser cristiano, aunque a menudo nos cueste vivir realmente este planteamiento.

Pero ya digo, resulta que leyendo el evangelio de Juan, y de una manera especial su primer capítulo, el llamado "prólogo", que se encuentra en los versículos 1-18 de este capítulo inicial, nos damos cuenta de que esta concepción no está por ninguna parte. Es decir, que el evangelio de Juan tiene otro punto de partida. El Hijo de Dios, la Palabra de Dios como Juan lo llama, resulta que no viene al mundo para liberarnos del pecado, sino para hacernos llegar la luz y la vida de Dios. Dios envía aquel que es su Palabra para que se haga carne, se haga hombre, y así nos pueda llenar de la gracia y la plenitud que sólo Dios tiene.

Evidentemente que, en estos mismos versículos iniciales, ya se dice que ha habido muchos que no han aceptado esta oferta de vida, pero eso es posterior a la oferta. Nuestra condición humana no alcanza la plenitud sin la Palabra de Dios que da luz y vida. Pero el punto de partida no es la situación desgraciada de la condición humana, sino la voluntad de Dios que quiere hacer que esta condición humana comparta la vida que él tiene.

¡Vaya diferencia! Tanto la explicación que parte de la situación de pecado como la explicación que parte de la voluntad de Dios de darnos su plenitud son dos maneras de intentar explicar quién es y qué significa Dios para nosotros, y ambas son perfectamente lícitas y válidas, en la línea de la diversidad de teologías que nos ofrecen los libros del Nuevo Testamento. Y ambas constatan, también, la debilidad de la condición humana: en el primer caso de manera obvia y directa, pero en el segundo también, porque si no fuéramos débiles no necesitaríamos para nada la luz y la vida de Dios.

Pero, precisamente porque ambas teologías son igualmente lícitas y válidas, resulta lamentable que nos hayamos llegado a creer que la única manera correcta y válida de hablar de Dios es la primera, la que parte, a veces casi obsesivamente, de nuestra situación pecadora y desgraciada. De hecho, con una elemental análisis del porqué de esta unilateralidad, resulta bastante claro que, si a la gente se le crea una conciencia de que está en una situación desgraciada, siempre resulta más fácil de hacerle hacer lo que decidan aquellos que se presentan como mediadores de la salvación de Dios ... Y claro, de aquí al poder omnímodo de la Iglesia sobre las vidas de las personas sólo hay un paso.

El problema es que ahora, a menudo, con las acciones que se están haciendo con todo esto de la nueva evangelización, parece que se está afianzando nuevamente esta manera de ver la fe como si fuera la única. Y se pone el acento en nuestra situación desgraciada, en los problemas que padecemos, en las heridas que nos tienen aplastados ... como una manera de llevar al oyente a descubrir que sólo en la fe puede encontrar salida a tanta desgracia. Y a mí eso me da miedo. No me parece que todo eso sea muy sano. Provocar que la gente se sienta mal como punto de partida para que descubra la fe, me parece un poco manipulador. A mí me gusta más el planteamiento del evangelio de Juan. Y es que estoy convencido de que Dios no nos necesita desgraciados. Conscientes de nuestras debilidades sí. Pero desgraciados, no.

Josep Lligadas es escritor