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"Valores blandos en tiempos duros [Valors tous en temps durs]". Este era el título de una investigación de ESADE sobre los valores de los catalanes presentada el año 2011 por el profesor Ángel Castiñeira y por Javier Elzo. En esta investigación, se insiste en tres ideas básicas: la prioridad de la búsqueda del bienestar personal, la afirmación del proceso de individualización por encima de todo y el rechazo de cualquier deber moral. Esta encuesta -a mi entender-indicaba muy bien cómo Cataluña participa de determinados procesos de las sociedades postindustriales y del bienestar: la afirmación del individualismo por encima del vínculo comunitario, la búsqueda del bienestar material por encima de la búsqueda del bienestar espiritual y la primacía de los sentimientos y las emociones por encima de las convicciones y la racionalidad. Todo ello llevaba a los autores de la encuesta a afirmar que en estos "tiempos duros", los catalanes viven valores "blandos", precarios, asentados -repito- en pocas convicciones y demasiadas precariedades.

Últimamente, hemos visto cómo los tiempos ya no son "duros", sino "muy duros", que la crisis que estamos viviendo va más allá de la crisis económica y que lo que está en revisión es el modelo de sociedad que habíamos ido creando los últimos cincuenta años. Más allá de la crisis económica, vivimos una crisis de civilización con una dimensión moral inexcusable y, muy probablemente, detrás de la crisis moral existe una crisis religiosa de una buena parte de nuestras sociedades. En este sentido, el catolicismo -la Iglesia-emerge cada vez más como una voz a contracorriente, contracultural, en los márgenes, como minoría creativa que recuerda que hay que cuestionar los ídolos de nuestro tiempo, respetar la naturaleza, promover la familia y la educación de los hijos, ayudar a los más débiles, vivir con compasión y no en competición, luchando por la paz y la justicia, que nos recuerda que el amor es más fuerte que la muerte.

Pero el afirmar hoy la centralidad del amor y de la caridad, de la compasión y la fraternidad, de la paz y la justicia, la familia y la dignidad de la persona humana significa dar un giro total a nuestras prioridades, orientaciones y valores. También, para muchos, quiere decir volver a reconocer la importancia del relato religioso como fundamento precisamente de estos valores. Para los cristianos, volver a reconocer la centralidad de la persona de Jesús en nuestras vidas.

Quizás en estos tiempos "muy duros", es el momento de volver a preguntarnos sobre las grandes cuestiones de nuestra condición humana e ir, poco a poco, de nuevo, recuperando unos valores asentados sobre unas convicciones y no sólo sobre convenciones...