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El Atrio de los Gentiles, celebrado recientemente en Barcelona, ha obtenido éxito y resonancia. Su función ha sido lanzar puentes de diálogo e intercambio entre creyentes y agnósticos, fortalecer espacios comunes, facilitar una aproximación respetuosa sin prejuicios, ponerse en la misma cordada en búsqueda de la verdad. Según cómo se mire, puede parecer un fuego de artificios. Vistoso, pero sin continuidad. Un acto atractivo, pero fugaz. 
 
Creo que ha valido la pena por tres razones. Primera, la necesidad imperiosa de encontrar un espacio común, el atrio, para dialogar con respeto y apertura mutua sobre las creencias y las posturas frente a las mismas. Segunda, convertir este objetivo en paradigma social de tolerancia sin renuncias a la identidad y con un horizonte siempre imprevisto. Tercera, trazar pautas para repetir la experiencia cotidiana en ámbitos más reducidos y alejados de los focos mediáticos.
 
Por estos motivos, para que el Atrio de los Gentiles no quede reducido a las hemerotecas, deseo resaltar que la propuesta continúa en lo que doy en llamar el Atrio de los Gentiles en re menor. ¿Qué quiero decir con esta expresión? Por ejemplo, las instituciones educativas, hospitalarias y asistenciales, vinculadas a la Iglesia, realizan desde hace mucho tiempo el espíritu del Atrio. Los centros católicos acogen en sus aulas alumnos, familia y profesores de toda procedencia, con sus creencias no siempre acordes con el carácter propio centro. De un modo u otro, el diálogo y el respeto imperan en las relaciones cuando se abordan temas que se refieren a creencias religiosas. Las mismas realidades se advierten en los ambientes hospitalarios, quizás agudizados porque ante la perspectiva de la muerte las cuestiones últimas adquieren mayor relevancia. Cáritas, como expresión eclesial de obras de promoción y asistencia, atiende a los destinatarios en función de sus necesidades y no en función de sus creencias, como sucede en la inmensa mayoría de las instituciones de la Iglesia. Todos estos ámbitos y tantos más, alejados de los focos mediáticos, representan los nuevos atrios en re menor.
 
Muchas personas, que actúan el frente de estas instituciones o que las impulsan con dedicación y profesionalidad, están movidas por la fe y por el compromiso social basado en el amor. La prioridad de la atención a la persona concreta puede relegar a un segundo plano el diálogo sobre las cuestiones religiosas. No hay que instrumentalizar la relación para convertirla en un medio para anunciar la fe, pero tampoco hay que silenciar la fe para inyectar asepsia en el intercambio. Se trata de una línea fronteriza, que conviene cuidar para no quedarse corto ni pasarse de la raya. Es difícil de llevar a cabo, pero es importante. Exige, como mínimo, dos condiciones: «Saber dar razón de la esperanza que tenemos», como se afirma en 1 Pe 3,15 (es decir, elaborar un discurso sobre la racionalidad de la fe) y dar testimonio de Jesucristo («seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaria, y hasta los confines de la tierra» Hch 1,8). La tentación del cristianismo actual, especialmente en Europa, consiste en encerrarse en la sacristía, convertirse en una inquietud doméstica, reducirse a un tema personal. Los vientos contrarios soplan con fuerza y no basta con guarecerse de las tempestades. La prudencia no debe eliminar el coraje. Diálogo y testimonio no son dos ingredientes de museo, sino dos actitudes básicas para vivir a fondo la fe y el amor cristianos. El testigo puede tener momentos de silencio, pero nunca de cobardía. Basta decir lo que «has visto y oído».