Voleu rebre les notícies?

Subscriviu-vos al butlletí gratuït

Creo que se puede decir que somos la Iglesia de Vaticano II. En la vida de la Iglesia católica tuvo una importancia extraordinaria la convocatoria del Concilio Vaticano II, inaugurado el 11 de octubre de 1962 y clausurado el 8 de diciembre de 1965.

No se había celebrado ningún Concilio desde el Vaticano I, hacía casi un siglo (1869-70), y habiendo quedado fortalecida la autoridad papal en este concilio, había una opinión bastante común de que, en adelante, ya no hacían falta los concilios.

Por eso fue un gesto extraordinario y sorprendente que Juan XXIII convocara un nuevo Concilio ecuménico de la Iglesia donde el colegio episcopal ejerce el gobierno de la Iglesia universal. Y su importancia también era extraordinaria por la finalidad que Juan XXIII quería darle: hacer un repaso general de la vida y la actividad de la Iglesia con un espíritu de vuelta a las fuentes del Evangelio y de actualización de las relaciones con el mundo actual descubriendo los "signos" de nuestro tiempo.

Y tuvo mucha importancia el tiempo del Concilio como experiencia cristiana, personal y eclesial comunitaria, los obispos reunidos en Roma, pero también todo el pueblo cristiano desde las iglesias diocesanas, desde las parroquias, congregaciones religiosas, movimientos y comunidades .

Para un país como el nuestro, sin democracia, con un confesionalismo católico trasnochado y con aires de cambio hacia un cristianismo evangelizador y comprometido en la conquista de las libertades cívicas en España y de los derechos de Cataluña, la expectación y la vibración ante las incidencias y tomas de posición del Concilio fue muy grande.

Participantes del Concilio

Participaron unos 2.768 obispos y 10 superiores generales de órdenes religiosas, de todo el mundo. Las cuatro sesiones duraron más de dos meses cada una. La media de asistencia a las sesiones conciliares fue de unos 2.300.

Un elemento muy valioso y una novedad fue la presencia de observadores delegados por las otras Iglesias no católicas e invitados por el Secretariado para la Unidad de los Cristianos. De 49 en la primera sesión pasaron a 101 en la segunda. Su presencia obligaba a mirar la fe cristiana de una manera más ecuménica y yendo más a las fuentes. Ellos también tenían relación con la prensa para ofrecer sus impresiones.

La presencia de expertos y teólogos fue muy importante como consejeros y ayudantes de los obispos participantes y como conferenciantes y con conexiones con los periodistas. Algunas personas llegaron a decir que era un concilio de expertos y entre ellos había algunos que habían sufrido sospechas y sanciones del Santo Oficio, y que ahora se revelaron como grandes ayudantes del Concilio. De 201 en la primera sesión pasaron a 312 en la segunda...

Grandes periodistas cubrieron el desarrollo del Concilio, y la prensa escrita y la radio se hicieron muy presentes como un nuevo poder, el poder de la comunicación a través de sus informadores religiosos. La oficina de prensa del Concilio tuvo que trabajar mucho. La representación del laicado, llamados auditores y auditoras, empezó muy baja, en la primera sesión sólo el filósofo francés Jean Guitton, y al final del Concilio fueron 29 hombres y 23 mujeres.

El trabajo generoso y responsable de los dos papas

Juan XIII, en palabras de su sucesor, fue el autor del Concilio, lo inauguró y vivió la primera sesión. Murió antes de la segunda sesión, el 3 de junio de 1963.

Pablo VI continuó respetando la misma intencionalidad de Juan XXIII. Ambos tuvieron gestos e iniciativas de renovación en su protocolo papal hacia la sencillez y la fraternidad, y escribieron valiosos documentos en el mismo sentido conciliar, como la Pacem in Terris sobre la paz en el mundo, de Juan XXIII, y el Ecclesiam Suam sobre el diálogo, de Pablo VI. Velaron por la libertad de expresión y el respeto a las diversas posiciones y para unir las voluntades en un sentido renovador.

¿Por qué Juan XXIII convocó el Concilio?

Elegido papa el año 1958, a los 77 años, Juan XXIII soñaba con una Iglesia que fuera más ella misma, enraizada en las fuentes evangélicas y con una renovada visión de su papel en medio de la Humanidad. Esto lo resumía en la palabra italiana aggiornamento. Esta convicción la vivía como fruto maduro de su experiencia cristiana y eclesial. Escribía en su diario: "Hoy más que nunca estamos llamados a servir al ser humano como tal, no sólo a los católicos. A defender sobre todo, y en todas partes, los derechos de la persona humana. El evangelio no ha cambiado, somos nosotros los que empezamos a entenderlo mejor. Quien ha tenido la suerte de una vida larga se ha encontrado con nuevas tareas sociales y quien, como yo, ha pasado veinte años en Oriente (Bulgaria 1925-34; Turquía y Grecia 1934-44) y ocho en Francia (1944 a 53) y se ha encontrado en el cruce de diversas culturas y tradiciones, sabe que ha llegado el momento de discernir los signos de los tiempos y de aprovechar la oportunidad de mirar hacia adelante". (Hay un DVD con una película sobre la vida de Juan XXIII, que ayuda a comprender su trayectoria vital).

Cuando anunció su intención de convocar un Concilio, dijo que obedecía a una voz interior del corazón, como una inspiración sobrenatural, "he pensado que los tiempos están maduros para dar a la Iglesia y a toda la familia humana un nuevo concilio ecuménico". Hizo un sensacional discurso inaugural del Concilio donde dice que "en el ejercicio cotidiano de nuestro ministerio pastoral llegan a veces a nuestros oídos, hiriéndolos, ciertas insinuaciones de almas que, aunque con celo ardiente, carecen del sentido de la discreción y de la medida. Tales son los que, en los tiempos modernos, no ven nada más que prevaricación y ruina. Dicen y repiten que nuestra tiempo, en comparación con los pasados, es peor, y así se comportan como quien nada tiene que aprender de la historia, que sigue siendo maestra de la vida, y como si en los tiempos de los precedentes concilios ecuménicos todo se hubiera producido de manera próspera y recta en lo que se refiere a la doctrina y a la moral cristiana, así como en relación a la justa libertad de la Iglesia. Pero nos parece necesario decir que disentimos de estos profetas de calamidades que siempre están anunciando acontecimientos infaustos, como si fuera inminente el fin de los tiempos... Una cosa es el depósito mismo de la fe, es decir, las verdades contenidas en nuestra venerable doctrina y otra cosa es la forma como estas verdades son enunciadas. Habrá que dar mucha importancia a esta forma de trabajar pacientemente, si es necesario, en su elaboración, y por eso tenemos que recurrir a una forma de exposición que corresponda mejor a una enseñanza de carácter principalmente pastoral... Ahora la Iglesia prefiere usar la medicina de la misericordia que la de la severidad. Está decidida a salir al encuentro de las necesidades de hoy manifestando la validez de su doctrina más que renovando condenas... Por medio de este Concilio, la Iglesia católica quiere mostrarse como madre amable de todos, benigna, llena de misericordia y de bondad, también con los hijos separados".

El Concilio acoge adquisiciones intelectuales y pastorales emergentes en la Iglesia

Muchos cambios en la teología, los estudios bíblicos, en la espiritualidad, en los modos de pensar y de proponer caminos pastorales no son propiamente del Concilio, sino que se remontan mucho más allá, han sido preparados por todo un largo proceso de años y algunas cuestiones y divergencias ya existían pero se disimulaban. En muchos casos el Concilio da carta de naturaleza y avala unas actitudes y opiniones de teólogos, de pastores, de biblistas que eran acogidas por algunos y combatidas por otros.

Los trabajos del Concilio

La renovación conciliar quedó plasmada en 16 documentos estudiados, discutidos, enmendados y votados en las cuatro sesiones conciliares. La reforma litúrgica fue el primer fruto bien encarrilado porque había toda una labor previa de estudio y profundización de la Liturgia y una petición insistentemente expresada en la base de la Iglesia. La participación más activa y consciente, el altar de cara al pueblo, más riqueza bíblica y actualización de las celebraciones sacramentales y de sus plegarias, introducción de las lenguas actuales en la Liturgia y un largo etcétera... La diferencia de la liturgia actual respecto a la de antes del Concilio es muy notable.

Siguió la investigación en el Concilio sobre cómo responder a la pregunta: ¿Iglesia, qué dices de ti misma? Un gran esfuerzo llevó a un gran resultado, el documento llamado Constitución sobre la Iglesia, que, con buena fundamentación bíblica, presenta a la Iglesia como pueblo de Dios formado por todas las personas bautizadas; la autoridad del Papa, los obispos y los otros ministerios como un servicio al Evangelio, evitando todo autoritarismo; expone la doctrina de la colegialidad episcopal; restaura el diaconado permanente, remarca la responsabilidad del laicado. La llamada "Constitución dogmática sobre la Revelación divina" es uno de los documentos más preciosos del Concilio y que aporta una renovación de la teología y de la vida cristiana al situar la primacía de la Palabra de Dios en la Iglesia. Con la "Declaración sobre la libertad religiosa" se reconoce que han existido comportamientos no demasiado conformes al espíritu evangélico e incluso contrarios a lo largo de la historia y que hay que eliminar. Se proclama la libertad religiosa como un derecho de las personas y los grupos humanos. En el documento sobre el ecumenismo se dice que la restauración de la unidad entre todos los cristianos es uno de los fines principales que se ha propuesto el Concilio. Habla de las iglesias y comunidades desunidas para emprender, de manera conjunta, una tarea de conversión del corazón, de oración por la unidad, de conocimiento mutuo, de formación ecuménica, de cooperación en el campo social y que en todo se tenga en cuenta que hay un orden, una jerarquía de las verdades de la doctrina católica, que es diversa su conexión con el fundamento de la fe cristiana. Con el mismo espíritu abierto del Concilio, en otro documento se expone la actitud de la Iglesia hacia las religiones no cristianas, con una especial referencia -hablando del judaísmo- a evitar el antisemitismo. El documento sobre la actividad misionera ofrece valiosas reflexiones sobre los procesos de evangelización y cómo hay que descubrir con alegría y respeto las semillas del Verbo escondidas en las tradiciones nacionales y religiosas. Se afirma que la Iglesia no queda realmente fundada, no vive plenamente y no es signo de Cristo en la sociedad si no hay un laicado auténtico que trabaje con la jerarquía.

El documento más largo es el que se llama Constitución pastoral sobre la Iglesia en el mundo de hoy, en el que se procura interpretar los diferentes aspectos de la realidad humana con los retos que recibe la Iglesia para contribuir a la paz de la familia humana, a la dignidad de cada persona, a un buen discernimiento de los cambios con sus oportunidades y sus amenazas. Así se trata sobre la dignidad de la persona humana, el ateísmo, la comunidad humana: bien común, solidaridad, participación. Hay un capítulo sobre el papel de la Iglesia en el mundo de hoy, donde también se habla de la ayuda que recibe la Iglesia del mundo contemporáneo. En la última parte se comentan aspectos más concretos, como la familia, la cultura, la economía, el trabajo y sus condiciones, la comunidad política, la guerra y la paz.

El espacio de este artículo no permite más explicaciones. Mi deseo sería haber ayudado a valorar el Concilio como un acontecimiento excepcional, muy positivo y prometedor. Y que las generaciones jóvenes y no tan jóvenes que no vivieron el Concilio, se puedan sentir, de una manera esperanzadora y gratificante, situadas en la Iglesia del Concilio Vaticano II.

Josep Hortet