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El próximo 11 de octubre se cumplirán cincuenta años de la inauguración, en Roma, del Concilio Vaticano II. Los lectores de L'Agulla que tengan una cierta edad sin duda recordarán, con mayor o menor precisión, el trasiego de entusiasmo y de esperanza que significó aquel acontecimiento. Y aquellos a quienes la edad no les permita recordar aquellos días, seguro que también habrán oído hablar de él como de un gran paso en la vida de la Iglesia y una gran llamada de futuro.

Ahora estamos en una época en la que poco podemos hablar de entusiasmo y donde hay que hacer esfuerzos para tener presente la esperanza. Pero precisamente por eso resulta especialmente importante mirar hacia aquella época en que la Iglesia fue capaz de poner sobre la mesa, con toda decisión, las ganas de repensar lo que significaba ser fiel al Evangelio en un mundo que tanto había cambiado. Y que, guiada por una inmensa buena voluntad y una gran confianza en las llamadas del Espíritu, supo romper con tantas y tantas maneras de hacer profundamente arraigadas y abrir caminos que, pocos años antes, habrían parecido imposibles. Por eso, pues, desde L'Agulla hemos querido prestar una especial atención a lo que significó el Concilio. Lo hicimos en el número pasado con un artículo de Francesc Clua, y lo hacemos en éste con un artículo de Josep Hortet, más largo de lo habitual en los artículos de nuestra publicación, para ayudar a conocer más ese evento.

En este tiempo nuestro, nos haría falta, sin duda, un nuevo Concilio como aquél, que volviera a repensar las cosas y volviera a dar un empujón de futuro a este mundo que cambia tan deprisa. Sin embargo, no parece en absoluto que los vientos vayan en esta dirección, sino más bien todo lo contrario. Pero recordar el Concilio Vaticano II y sus propuestas e intuiciones será una buena manera de decir que ésta es la línea y el camino que queremos, porque estamos convencidos de que es por ahí por donde sopla el Espíritu.