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El pasado viernes asistí a la conferencia que Sor Lucía Caram hacía en mi ciudad, tal y como le había prometido hacía unas semanas. Ni que decir tiene que la larga ovación del público que llenaba la sala a rebosar explicaba por sí sola el entusiasmo con que fue recibida. Unos días antes, una entrevista en Canal 33 y un grupo de acciones promocionales del último libro que la tiene de protagonista, la hermana Teresa Forcades alcanzaba índices de audiencia notables. Hace unos meses, la hermana Teresa Losada recibía un merecido premio . Saliendo del acto, nos reíamos con dos monjas amigas y un obispo emérito que había entre el público comentando de que "ahora las monjas estáis de moda". 

También en mi ciudad, y por razones profesionales, hace unos meses que acompañé un equipo de TVE a hacer una la hermana Eulalia Bofill, a raíz del cual -según me comentó después la periodista- han continuado la relación y tene algún proyecto en común. Eulalia pertenece al convento donde residía Cristina Kaufmann, que había protagonizado una entrevista de gran impacto en el año 1982 también en la televisión española. En realidad, el éxito más importante de la editorial donde trabajo corresponde a un libro donde se interroga a veinte monjas sobre sus razones más profundas (entre ellas, los nombres que he dicho).

 
¿Están de moda?
 
 
No sé si están de moda o no, pero generan una empatía impresionante, al menos las que he citado. Supongo que aún perdura una imagen intencionadamente ñoña y sumisa como se les ha ridiculizado tradicionalmente. Pero me temo que eso está cambiando. Por una parte, supongo, hay a la curiosidad hasta cierto punto morbosa de preguntarse cómo viven, qué sienten (en todas les preguntan si han estado enamoradas ... algo que nunca lo he oído preguntar a un obispo), qué tal se está en el bando de las renuncias, que contrasta tanto con el bando de los excesos que estamos acostumbrados a ver. Por otra, me gustaría pensar, nos admira el redescubrimiento de la voz femenina y que esa voz no sea de cualquier manera, sino que irrumpa con fuerza y ​​se reivindique. Y que, en lugar de vivir su condición como una renuncia, hablen del amor y de Dios con naturalidad y con ganas, con el entusiasmo de un deseo muy profundo. En definitiva, su testimonio parece que sea un punto de referencia en un mundo tan complicado, tan convulso, tan carente de sentido.
 

También pienso que a algunos factores más, ambivalentes todos ellos. Por ejemplo, que se tomen como iconos (y bastante) frente al tópico de la Iglesia masculina, episcopal y conservadora (véase la reciente encuesta de Metroscopia: superan la media de confianza Caritas y las parroquias pero están muy por debajo de la Iglesia y los obispos). O son iconos contra el contubernio en que la Iglesia católica participaría junto con las compañías farmacéuticas, el lobby judío, los políticos, los grupos de comunicación, los vendedores de armas, la coca-cola, Microsoft, la Ley Sinde, los bancos ... Ya sé que ridiculizo, pero la lógica maniquea es muy poderosa, en todos los sentidos (también entre el victimismo rentable) y me preocuparía el uso icónico de monjas comprometidas de veras en un mundo de blanco-o-negro que es mentira pero que se está alimentando cada día.

¿Por qué?
 
 
El ambiente donde se cultiva esta tendencia icónica creo que radica en la desconfianza (no digo que no meritada) de todos estos "malos" que he citado, bien por la crisis de las "estructuras de acogida", como ha dicho Lluís Duch (la familia, la política, la religión ...), o bien por la primacía de la búsqueda personal ante cualquier maestría o mediación. Por eso destacan hoy las voces proféticas contra las voces sacerdotales, y el panfleto ante la organización. No les falta razón, digo. En todos los sentidos: las mediaciones, las organizaciones y las estructuras tradicionales parecen escleróticas en este tiempo que vivimos y, ciertamente, la bñusqueda que vale la pena es sobre todo la personal. Parece, además, que las nuevas herramientas de comunicación nos ayuden a prescindir de los libros para saber, de las agencias para viajar, los espacios de relación para ligar, los medios (o la experiencia) para opinar ... Así, ¿por qué queremos Iglesias o partidos?
 

En este ambiente, la autenticidad es un valor. Un valor también con doble sentido: prima sobre la buena educación, por ejemplo, o ante la capacidad, o -sobre todo- ante la complejidad. Alguna de las nuevas formas de hacer política basan en ello su éxito (partidos anti-políticos en Italia, identitarios en España o left-cool en Grecia).

No quiero decir que las monjas que he citado sean eso, ni mucho menos. Pero sí que el mar donde navegamos está lleno de olas de este impulso, que levantan y hunden, que reducen las reflexiones a titulares y que probablemente no nos adentrarán en la profundidad que las alimenta. Pero, y aquí está la buena noticia, estamos ante unas mujeres que son vistas como portadoras de esperanza, hay un testimonio cristiano que provoca la admiración de muchos que lo oyen por primera vez (es una de las ventajas de la incultura bíblica), que pasan la mano por la cara a muchos otros programas de evangelización que no atraviesan el umbral de la parroquia, mujeres que no se conforman en limpiar el altar (ya me entendéis). Y son fuertes e inteligentes. Y todo ello, señores y señoras, no tiene precio.