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No, no es ningún error de redacción, no hablamos de un verano magnífico, sino Magnificat. Magnífico no lo puede ser de ninguna manera con tanta gente que está recibiendo los batacazos de la crisis y de los recortes de todo tipo: salariales, laborales, sociales, educativos, sanitarios, culturales... No puede serlo el verano que ya se acerca ni lo son todos estos meses que, en vez de ir adelante, vamos hacia atrás en la experiencia de vida y de realización personal y familiar. No, nada de magnífico.

Hablamos de Magnificat, ya lo adivináis, a propósito del nombre con el que es conocido el himno o cántico de María que se encuentra en el evangelio de san Lucas, en el capítulo 1, versículos 46-55. Un himno que la oración de la Iglesia pone cada tarde en labios de quienes oran, personalmente o en comunidad, y que comienza con las palabras "Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador..." Últimamente lo he escuchado varias veces en contexto de oración, en la Vigilia de Santa María en Montserrat, unas vísperas felizmente cantadas, y me ha venido de nuevo un pensamiento muy común y que muchos comentaristas del Evangelio subrayan: la fuerza, la energía transformadora que tienen estas palabras que son un destilado de la corriente profética de todo el antiguo testamento, de la conjunción del clamor de los pobres y del proyecto liberador de Dios.

La fuerza de la costumbre, la ornamentación artística y musical que ha inspirado obras de arte espléndidas no puede ensombrecer la punta revolucionaria y sorprendente que tiene esta oración. Lo podemos constatar en una de las introducciones a la oración del Padrenuestro que aparece en el ordo de la misa y que dice: sintiéndonos pobres y confiando plenamente en el Señor, que ha derribado a los poderosos de sus tronos y ha ensalzado a los humildes... Leer estas palabras en un momento solemne de la Eucaristía, antes de recitar la oración del Señor, da una idea de la seriedad de este compromiso e introduce un factor de contraste, de aquellos contrastes que sólo la sabiduría variada y múltiple del Espíritu Santo puede encaminar. ¿Cómo se concilia el afán de hermandad, la invitación al perdón, la dulzura podríamos decir de la reunión cristiana con la severidad y la crudeza de las palabras genuinamente evangélicas: Ha derribado a los poderosos de sus tronos y ha ensalzado a los humildes, llena de bienes a los pobres y los ricos los despide vacíos...?

¿Cómo podemos rezar tan a menudo estas oraciones sin sentirnos urgidos no sólo a una contemplación admirada de la misericordia del Señor, que se extiende a los humildes de generación en generación, sino también a una acción potente, decidida, eficaz? Hemos de transformar un sistema económico, social, político, cultural que se manifiesta radicalmente injusto al causar opresión y sufrimiento a una multitud inmensa de hijos e hijas de Dios. Algo se debe hundir, derribar, y algo nuevo debe emerger y ensalzarse.

En este número de Crit Solidari, que se ha hecho esperar porque queríamos reunir colaboraciones muy interesantes, presentamos un panorama de algunas de estas situaciones que, sin rencor pero con un profético espíritu evangélico, creemos que es necesario invertir. La situación de los inmigrantes, sobre todo de los sin papeles, los internados en centros, la situación de los trabajadores empobrecidos y desposeídos de sus derechos históricos conquistados legítimamente a lo largo de un siglo y medio, el expolio de la vivienda y las hipotecas, las operaciones especulativas y agresivas tipo el proyecto Eurovegas el Delta del Llobregat, los recortes durísimos en educación, sanidad, servicios sociales..., todo ello reclama claramente una acción de cambio de sistema. Entre otras declaraciones recogemos aquí las de dos personalidades de la iglesia catalana, el obispo Agustí Cortés y el abad de Montserrat, que se manifiestan en este sentido a partir de criterios estrictamente evangélicos.

Venimos de celebrar hace poco la fiesta de Pentecostés, en la que invocamos el Espíritu del Señor como Padre de los pobres. Que este Espíritu Santo nos ayude a vivir nuestra fe y nuestra acción con humildad y decisión, según el programa que María cantó en el Magnificat.

Josep Maria Domingo

Delegado de Pastoral Obrera del Obispado de Sant Feliu

Publicado en el Crit Solidari núm. 9, boletín del Equipo de Pastoral Obrera del Obispado de Sant Feliu