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No hay boletín radiofónico, ni informativos de telediarios, ni páginas de la prensa escrita que no den prioridad a los contenidos económicos, desde hace algunos meses y de manera obsesiva. Si un día la noticia es mala, al próximo resulta peor. Las agencias de calificación rivalizan en valorar negativamente la salud económica del país. El goteo es constante. Los brotes verdes no aparecen por ninguna parte. La decepción y la desesperanza reinan por doquier. Hay signos de aliento, pero pasan inadvertidos. La fatalidad lo invade todo. Los mercados imperan y ni siquiera se calman con la sangre de los pobres. Hay que recortar 10.000 millones de euros, a cargo de las autonomías, en sanidad y educación. El gobierno del Estado, que establece estos recortes, no tiene escrúpulos en dar más del doble a Bankia, para resolver no sabemos qué problemas. Todo huele a podrido. Estamos inmersos en la vorágine de los acontecimientos, navegamos como barquichuelas a impulsos del oleaje, sin rumbo ni brújula. Nos sentimos como marionetas. No tenemos guión propio. Frente a este panorama, pintado con trazos todavía dulces, existe la posibilidad de olvidar, pese a su evidencia básica, dos verdades como puños.
 
Primera, la situación económica actual es el resultado de la decisión de personas. El factor humano es clave para explicar dónde y cómo estamos. La economía no funciona sin cerebros que la programen. Aquí es donde se sitúan la incompetencia, la corrupción, la codicia, el amiguismo, el enriquecimiento fácil, el engaño, los intereses de grupo, la avaricia, el afán de poder, la visión a corto plazo… También hay motivaciones de otro calibre: productividad, transparencia, servicio público, bien común, ética profesional, ganancia moderada, solidaridad, sostenibilidad… El problema reside en la preponderancia de las motivaciones negativas, que adquieren carta de ciudadanía porque se refugian en la total impunidad. Se engaña y no pasa nada. Se juega con las cifras bancarias, ocultando y maquillando resultados, y no pasa nada. Se descubren agujeros millonarios, no se busca ningún responsable, y no pasa nada. Predominan los relatos sobre los hechos, y no pasa nada. Se gestiona pésimamente el dinero público, y no pasa nada. Los políticos causantes de tales despropósitos se retiran a zonas de seguridad en otros empleos, siempre asegurados por el sistema, y no pasa nada. Los gestores bancarios, cuando se retiran, incluso cuando su trabajo ha sido desacertado y acaso culpable, reciben grandes indemnizaciones, y no pasa nada. Un diagnóstico que prescinda del factor humano no sirve para descubrir el problema.
 
Segunda, la solución a los problemas económicos no llega sola, sino como el resultado de la decisión y el coraje de personas. Lo que se estropea por el factor humano, sólo lo puede arreglar el factor humano. Los brotes verdes no vendrán solos. La economía no se soluciona por arte de magia, sino por las decisiones inteligentes de personas que buscan el bien común. El populismo no resuelve nada, más bien lo complica todo. La indignación puede servir de espoleta para movilizar energías frente a situaciones injustas, pero a la vez se puede transformar en impedimento para solucionar las situaciones que denuncia. No siempre existen coincidencias en diagnosticar los problemas, pero hay una gran disparidad en buscar soluciones. Los intereses de grupo, el ego de los protagonistas, la incontenible codicia y el afán de poder, realidades vinculadas al factor humano, dificultan la puesta en práctica de soluciones adecuadas y reales. Necesitamos personas honestas, inteligentes, éticas, transparentes y decididas.