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Me encuentro en el paraninfo de la Universidad de Barcelona. Acaba el acto del Atrio de los Gentiles, celebrado en la mañana del 18 de mayo. Saludo a diversas personas. Me aproximo a Mons. Sebastià Taltavull y le digo: “Le agradezco su nota. Ya era hora de que se hiciera sentir una voz autorizada”. Me refiero al texto titulado “Por una comunicación objetiva y eficaz”, publicado con motivo de las Jornada Mundial de las Comunicaciones. Siempre que hablo con él, me siento partícipe de su lema episcopal: “Vosotros sois mis amigos”.
 
¿De qué trata dicha nota? Mons. Taltavull, es el presidente de SIMCOS (Secretariado Interdiocesano de los Medios de Comunicación Social), organismo perteneciente a la Conferencia Episcopal Tarraconense. Afronta directamente, de forma clara y transparente, junto con los delegados diocesanos de medios de comunicación de Cataluña, un problema grave que hiere la verdad y la comunión. Consiste en utilizar las posibilidades de internet al servicio de “la injuria, la difamación y el juicio condenatorio” por parte de pretendidos sectores o plumas que se tildan de eclesiales. La nota, tras abrir un escenario donde deben imperar la búsqueda de la verdad, el diálogo y la comunión, contiene datos de gran interés.
 
Primero, un diagnóstico preciso. Se pregunta Mons. Taltavull: “¿Qué pasa, sin embargo, cuando este diálogo se hace imposible porque el comunicador, bajo la cobardía del anonimato, no piensa más que en hacer daño de manera persistente y delata su identidad enfermiza recurriendo a la descalificación personal y a la calumnia?”. Sucede, especialmente, en Germinans, aunque otros autores y páginas también contribuyen al mismo objetivo con la misma obcecación.
 
Segundo, un gesto de solidaridad. En el texto, se expresa el “apoyo a las personas -obispos, presbíteros, diáconos, religiosos y religiosas, laicas y laicos cristianos, y también parroquias y entidades de Iglesia- que desde páginas anónimas de Internet son atacadas con calumnias y son gravemente heridas en su dignidad humana y de hijos de Dios, lesionando el derecho a la buena fama”. Gente relevante en la Iglesia acaso no ha respondido para que no se confunda la denuncia con la autodefensa. Pero era necesaria una palabra profética. SIMCOS ha sido valiente en afrontar esta responsabilidad.
 
Tercero, una petición a los autores, muchos de ellos amparados en el anonimato. Se afirma: “convinimos en pedir a los que hacen estas páginas o las llenan con sus escritos difamatorios que no hagan más daño y que se fijen en el amor con que Jesús trata a las personas; que se dejen ayudar por Él escuchándolo de corazón en la oración y actuando desde el amor, que en esto se conoce quién es realmente discípulo suyo.” No sé cual será su respuesta. Puede ser que intensifiquen sus campañas, especialmente contra quienes han alzado su voz, dando coletazos como animales heridos de muerte, o que se abran al Espíritu de la verdad y del amor.
 
Oriol Domingo, comprometido periodista de La Vanguardia, lo denunció hace tiempo en una de sus excelentes informaciones religiosas dominicales. No es sólo un problema de vida interna eclesial, sino un déficit democrático de algunos ciudadanos que se ocultan en el anonimato de sus escritos para difamar y calumniar. No me extraña que algunas situaciones se hayan confiado a los tribunales. De Internet, como del clavel de Calderón de la Barca: “el áspid saca veneno; la oficiosa abeja, miel”.

Las personas y las instituciones, objeto de estos ataques, descalificaciones y calumnias, pueden recordar las palabras de Sócrates: “Prefiero sufrir una injusticia a cometerla”.