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Hay mujeres extraordinarias y hombres extraordinarios. Y hay mujeres con quien más valdría no encontrarse en el camino y hombres que tampoco. Cada año, el 8 de marzo, cuando ponemos a debate la reivindicación por los derechos de las mujeres, tengo un trasfondo de sentimientos aparentemente contradictorios. Por un lado, la evidencia de que no estamos en igualdad de condiciones, que muchos hombres siguen ahogando la vida de muchas mujeres, en muchas circunstancias y en muchos grados diferentes. Por otro lado, la evidencia de que la evolución o retroceso del papel de la mujer está, en gran parte, en manos de las propias mujeres que, a veces, también mantienen actitudes machistas. Y en tercer lugar, la pregunta y el cuestionamiento sobre si las mujeres tenemos que centrar la lucha en ganar poder en unas estructuras sociales, políticas, económicas y religiosas que han sido creadas por hombres, que se demuestra que no funcionan y que, con nuestra implicación, debemos evitar perpetuar. Cuando dicen: "¡Qué bien, una mujer en el consejo ejecutivo de tal ...! O ¡una mujer en el gobierno! O ¡una mujer verdaderamente reconocida en la cultura!", yo pienso que está bien, que vamos avanzando, sí. Pero la lucha de la mujer no debería ser únicamente para situarse en condiciones de poder en las estructuras existentes, debería enfocarse para provocar el parto de una nueva sociedad, con una mirada nueva que, de raíz, arranque estructuras y haga nacer otras nuevas, socialmente más justas y más igualitarias. Hacen falta nuevos tiempos y necesitamos del empuje y la huella de la mujer. Maria-Josep Hernández