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La Legenda Aurea, recopilación de vidas de santos efectuada por Jacobo de la Vorágine (siglo XIII), incluye la lucha de san Jorge contra el dragón. La versión catalana sitúa la escena en Montblanc (Tarragona). Para aplacar las iras del monstruo, capaz de moverse por tierra, mar y aire, cuyo aliento corrompía el aire envenenando a quien lo respiraba, el pueblo entregaba diariamente por sorteo a una persona, que le servía de alimento. Un día le tocó a la hija del rey, una princesa joven y hermosa. Pese a que hubo quien se ofreció para sustituirla, el rey no cedió. Con aplomo, la princesa dejó detrás de sí las murallas, desde cuyas almenas la población se agolpaba para observar apesadumbrada la muerte de la mujer. Se encontró con un caballero, a quien informó que se marchara para evitar su encuentro con el monstruo. San Jorge le dijo que no tuviera miedo y que había venido para que ella y la ciudad fueran libres. La irrupción súbita del monstruo dibujó una mueca de horror en la cara de la princesa y puso a prueba el temple del caballero. Con su lanza certera, hirió gravemente al dragón, que lo entregó a la princesa. Lo arrastró hasta la plaza del pueblo, donde la gente alborozada puso fin a su ferocidad.

Nuevos monstruos siembran de terror nuestro país. Cada día hemos de hacer grandes sacrificios para calmar la ira de los dragones. Estamos asediados. El ambiente se ha vuelto irrespirable. Nos atacan por tierra (ni corredor mediterráneo), mar (ni obras en el puerto) y aire (ni gestión aeroportuaria). Algo estamos haciendo mal y no siempre sabemos qué es. Los agresores se sienten fuertes y poderosos. Parece que no hay nada que hacer. Solo sucumbir a las exigencias y entregar día a día el obsequio al monstruo que nos permita sobrevivir. El miedo nos atenaza. Los proyectos se diluyen. El paro aumenta. La política financiera va a la deriva. Los jóvenes piensan en marchar a otros países para desarrollar su talento. Los servicios se recortan, porque sobre todo el expolio fiscal y también la incompetencia de algunos gobernantes han dejado las arcas vacías. La crisis universal no sirve de consuelo. Todo son reticencias y obstáculos. Inversiones ridículas. Jóvenes indignados ante un mundo que se desmorona: the game is over (el juego ha terminado). Los sueños tienen un precio y no hay dinero para pagarlo. Peor todavía, no hay ilusión ni esperanza. La lengua perseguida, con la espada de Damocles de políticos y jueces que quieren sentenciar su desaparición. Las islas vecinas sufren por este motivo hasta límites insospechados. Los relatos tergiversan la realidad, hasta en el campo deportivo. Se miente sin escrúpulos. Sólo nos queda observar, desde la muralla, cómo vamos perdiendo efectivos mientras el monstruo se alimenta de nuestros hijos. El panorama tiene también luces, pero parecen perder su brillo ante el diagnóstico. Estamos exhaustos. Si juntos no podemos ir, será mejor separarnos antes que morir de asfixia. Cada vez más gente piensa en la independencia. El victimismo no sirve. Hay que apostar por la unidad interna, la esperanza, el esfuerzo, la inteligencia, la solidaridad, el diálogo y, si hace falta, la decisión inquebrantable. Sin concesiones a la violencia y a la antipolítica.


San Jorge, no nos abandones. Rezamos con Salvador Espriu: «Senyor sant Jordi, patró, cavaller sense por, guarda’ns sempre del crim de la guerra civil. Allibera’ns dels nostres pecats d’avarícia i enveja, del drac de la ira i de l’odi entre germans, de tot altre mal. Ajuda’ns a merèixer la pau i salva la parla de la gent catalana. Amén.»