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Ya hace unos días que la Fundación Joan Maragall ha comenzado un primer ciclo de conferencias para conmemorar los cincuenta años de la convocatoria del Concilio Vaticano II. Esta semana participo en una sesión sobre los 50 años del Concilio organizada por la parroquia francesa de Barcelona en el Instituto Francés de Barcelona. La reivindicación de los 50 años del Concilio representa un proceso que va mucho más allá de la pura conmemoración del acontecimiento religioso más importante del siglo XX. Recordando el Concilio, queremos iniciar un proceso de afirmación y apoyo de un camino de renovación que debe continuar ahora y en el futuro.
 
En efecto, el 11 de octubre de 1961, Juan XXIII, en la misma sesión inaugural, afirmaba que la principal misión del Concilio era "que el sagrado depósito de la doctrina cristiana sea custodiado y enseñado de manera cada vez más eficaz (...) Es necesario que esta doctrina, que debe ser respetada fielmente, se profundice y se presente de una manera que responda a las exigencias de nuestra Epoca ". Juan XXIII abriría un Concilio, marcado -recordémoslo- por tensiones y dificultades, discusiones doctrinales de gran vuelo, que daría un nuevo rumbo a la Iglesia.
 
No sé si las generaciones más jóvenes son conscientes de los cambios que viviría la Iglesia a partir del Concilio. Recordemos algunos: la apertura de la Iglesia hacia la sociedad que salía a su encuentro desde un marco de diálogo y servicio al mundo, condición de su evangelización, la concepción de Iglesia como Pueblo de Dios, que peregrina en el mundo al servicio, precisamente, de su evangelización; la reivindicación de la centralidad de la Palabra de Dios, una liturgia más cercana, que supuso -entre otros aspectos- la celebración eucarística de cara al pueblo, un nuevo marco de relación con las otras iglesias cristianas y, también, con las otras religiones.
 
Creo que necesitamos revisitar los documentos conciliares más significativos para vislumbrar el futuro de nuestra Iglesia. Honestamente, creo que tienen toda la vigencia y que estamos, sólo, en los inicios de la nueva etapa histórica que abrió el Concilio.
 
No hay vuelta atrás.