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Para los cristianos, esta semana señala el momento más esencial en nuestro itinerario y relato espiritual. Con fuerza, el sábado por la noche diremos: ¡aleluya, Cristo ha resucitado! ¡Jesús ha vencido a la muerte!
 
 
La predicación de Jesús provocó temor, desasosiego e incluso terror entre todos aquellos que conformaban los guardianes de los órdenes establecidos. Igual que pasaría ahora. Su procesamiento y pasión nos recuerdan otros momentos en los que el mundo ha preferido la muerte a la vida, la guerra a la paz, el odio al amor, la violencia al diálogo, la confrontación al entendimiento. El relato del Evangelio de Marcos (Mc, 15,34) es bastante evidente: "Eloí, Eloí, ¿lema sabactani?". La Cruz como experiencia del entregarse. El mismo olvido de Dios, cuando Jesús ya no controla la situación. Es cuando descubrimos el abismo de la Alteridad. Cuando Dios actúa rompiendo todo esquema, gratuitamente, más allá de toda razón.
 
 
Después de recordar durante estos días su calvario y su muerte, el sábado por la noche reviviremos su paso de la muerte a la vida. Encontraremos el sentido más profundo de la Revelación de Dios en el Mundo. "Si Cristo no ha resucitado, nuestra predicación es vacía y hueca es también nuestra fe" (1 Co 15,14), nos recuerda San Pablo.
 
 
Este es el día de la esperanza universal, en el que los sufrimientos, las humillaciones, las cruces y las desgracias encuentran sentido en el Cristo resucitado. Pero, precisamente ahora, cuando el mundo parece, como nunca, más huérfano; que parece que cuando más sabemos, más nos alejamos de la sabiduría de la vida; que cuando más riqueza generamos, más pobreza y miseria aparece por todas partes; que cuando más progreso, más retroceso para muchos; que cuando más medios para conocer, más desconocimiento tenemos de lo que somos, con la Pascua, el Resucitado, la Nueva Luz que se ofrece al mundo, abre un nuevo horizonte de resistencia, esperanza y acción:
 
Vivimos tiempos de resistencia. Resistencia a una lógica única, que se nos aparece revestida como la racionalidad del mercado, del consumo y el bienestar material, aunque sea la de unos pocos pero, por otra parte, cada vez más tristes y desgraciados. Son tiempos de ir a contracorriente. Son tiempos para testimoniar la fe en otra Realidad que sacude a fondo la lógica dominante.
 
 
Vivimos tiempos de esperanza. La luz encendida en la Pascua mantiene viva la antorcha que todos tenemosen el corazón. Quizás la llama se mantiene en mínimos, pero se mantiene. La Esperanza, recordemos, con la Pascua, se nos ha entregado.
 

Vivimos tiempos de acción. Adentrarnos en el mundo para compartir el dolor del mundo: lo propio del cristianismo es la mística del sufrimiento, una "mística que hace despertar y abrir los ojos ante el sufrimientot ajeno", como nos recordaba JB Metz. La mística que nace del Sermón de la Montaña.