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Cuando hablamos de Acción Social, nos estamos refiriendo a toda aquella actividad que nuestra Institución desarrolla para atender a las personas que sufren algún tipo de carencia, que las hace vulnerables y frágiles y las pone en riesgo o las aboca a la exclusión social. Nuestro mundo, competitivo y egoísta, continua dejando a muchas personas maltrechas, tiradas al borde del camino. En nuestras calles sigue habiendo sufrimiento, como lo había en tiempos de Juan de Dios.
 
Atender ese sufrimiento es el objetivo de nuestra misión, hacerlo desde los valores propios de la Orden Hospitalaria es nuestro deber y nuestro fundamento ético y debe orientar nuestro compromiso moral. Hoy está muy de moda hablar de valores en las entidades que se dedican a la acción social y todas intentan definir y fijar cuáles son los suyos.
 
Pero tanto al hablar de ellos corremos el riesgo que se conviertan en un discurso vacio. Los valores no pueden ser solo algo que quede bien en nuestros documentos o que los adornen, o algo así como una medalla que nos ponemos para afirmar nuestra identidad institucional. Los valores han de ser algo vivo y dinámico. Están para ser reflexionados, actualizados, consensuados y sobre todo vividos en el servicio a las personas.
 
Han de formar parte de nuestro ser y de nuestro hacer. Nuestros valores se fundamentan en la tradición cristiana, formamos parte de los que piensan que mejorar nuestro mundo es posible siguiendo a Jesús de Nazaret y sus enseñanzas. La utopía cristiana de cambiar el mundo desde los pobres y excluidos es la que conmovió e inspiro a Juan de Dios. Hay un relato evangélico que condensa muy bien lo que hay que hacer y el cómo se ha de actuar con la persona que sufre, es la parábola del buen samaritano (Lc. 10,30-35).
 
Un texto que todos los que nos dedicamos a la acción social deberíamos releer con frecuencia, no sólo como meditación piadosa, sino como referente ético de nuestra acción con las personas que sufren. El buen samaritano al encontrarse con el hombre malherido, tirado al borde del camino, lo primero que hace es compadecerse, sale de sí mismo, de sus cosas, de su egoísmo y se siente responsable de la vida de aquella persona, por eso su siguiente acción es acercarse, sin temor a complicarse la vida. Es entonces cuando desde el respeto hacia el herido, comienza su acción hospitalaria: cura sus heridas con aceite y vino y se las venda, le ofrece la mejor calidad asistencial; lo sube a su propia cabalgadura, se hace servidor del que sufre; lo lleva al hostal y le cuida, paga al posadero para que se cuide de el y promete volver para hacerse cargo de los gastos, es capaz de crear una infraestructura hospitalaria para que le atiendan y se compromete para el futuro.
 
Este compromiso y esta manera de hacer en el cuidado del que sufre han de ser las señas de identidad de nuestra espiritualidad, como lo fueron para Juan de Dios que vivió como expresión más profunda de su fe la entrega sin condiciones en el servicio a los pobres. Una espiritualidad entendida como la dimensión más profunda del hombre, que es posible vivirla como creyente o desde el compromiso compasivo y solidario de los que piensan que construir un mundo mejor es posible. 
 


 
Manuel Lecha
Coodrinador del area social. Curia Provincial