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TV3 emitió la noche del 26 de febrero el programa 30 minuts, titulado «El planter de l’Església», un reportaje de Lluís Jené y Esther Llauradó. Su contenido, según la propia publicidad de la cadena, «se pregunta cómo son los que, en un mundo secularizado, deciden hacerse sacerdotes». Un programa para el debate, realizado con dignidad, pero forzosamente parcial en la selección de las personas entrevistadas. 

Primero, aparece el contraste entre sacerdotes progresistas y conservadores, por utilizar un lenguaje al uso. Los progresistas son hijos del cambio eclesial propiciado por el Vaticano II, que crecieron en una Iglesia socialmente hegemónica. Se han acercado al mundo para dialogar con él con sentido de adaptación en ciertas costumbres, vestidos... Sus comunidades y entornos participan de sus criterios, pero aportan escasas vocaciones. Los conservadores son hijos del cambio social (secularización, multirreligiosidad…) y crecen en una Iglesia en declive, que pierde gradualmente su influencia. Se diferencian del mundo (recuperación de la sotana…) frente al cual adoptan actitudes de defensa y conservación. Sus comunidades y entornos propician una mayor aportación de vocaciones. Los excesos progresistas perjudicaron a la Iglesia, pero los excesos conservadores también la perjudican. Afirmar que la tarea de un sacerdote, según uno de los protagonistas, es «estudiar, rezar y obedecer» es reduccionista y poco estimulante. Creo que la unión personal con Dios se complementa con el anuncio gozoso del evangelio y la animación pastoral de las comunidades en comunión eclesial. El vicerrector del seminario, con magnífico criterio, dice que la carestía de vocaciones no debe de ninguna manera abrir la puerta a cualquier candidato y relajar los criterios de selección, porque el precio se pagaría a la larga. La existencia de distintas sensibilidades es un hecho casi permanente en la historia. Como dice en el reportaje el Dr. Armand Puig, la libertad es un hecho en la Iglesia.
 
Segundo, el tema de los sacerdotes procedentes de países latinoamericanos e, incluso, africanos. Sucede un poco en la Iglesia lo mismo que pasa en la sociedad catalana, marcada ésta por el secularismo y la escasa apertura a la vida (baja natalidad). Los sacerdotes inmigrantes proceden de sociedades creyentes y abiertas a la vida. El contraste vocacional es evidente. En los primeros, las vocaciones son escasas. En los segundos, más abundantes. Con poco tiempo de residencia aquí, hablan catalán mejor que muchos jueces que llevan años en Cataluña. No siempre es fácil la integración cultural, pero es una tarea ineludible para un mejor servicio a las comunidades cristianas.
 
Tercero, ¿suprimir la obligatoriedad del celibato sería una solución al problema vocacional? Tema para el debate, que requiere muchos matices. No sé si vincular anulación del celibato con aumento de vocaciones es pertinente. En otras confesiones, con esta medida no se ha resuelto el problema. Ignoro lo que sucedería en la Iglesia católica. Celibato sí, celibato no… cualquiera de las dos respuestas tiene ventajas e inconvenientes. El debate viene de lejos. No todos los que afirman tener vocación al sacerdocio, creen tener vocación al celibato. Otros se preocupan por la incidencia en el peso económico de la medida y la problemática que surgiría ante la posible ruptura de la pareja del sacerdote.
 
El objetivo de la cámara ha permitido asomar a las pantallas de televisión un tema vibrante y actual. Una reflexión interna de la Iglesia resulta indispensable. En comunión y libertad.