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Quizás muchos consideran válida esta afirmación: «Buda para los budistas, Mahoma para los musulmanes, Jesucristo para los cristianos.» Admitirla acarrea varias consecuencias, la principal de las cuales implica secuestrar a Jesús y a su mensaje, separándolos de su intención original. El hecho de que Jesús sea el núcleo de la Iglesia no significa que se reduzca a ella. Existe el riesgo y la tentación de privatizarlo, como si fuera un don exclusivo para las comunidades cristianas.
 
¿A quién se dirige Jesús cuando anuncia la Buena Nueva o cuando predica el Reino de Dios? Basta observar a los oyentes que acuden a escucharlo, según nos relata el evangelio, para concluir que su mensaje es universal. Su contenido humanista difícilmente puede ser refutable desde una óptica de buena voluntad. Sus intervenciones van dirigidas a librar a los hombres y mujeres de sus enfermedades, de sus demonios, de sus culpas, de sus pecados. Quiere abrirlos al amor misericordioso de Dios que los impulsa a vivir la fraternidad humana con todas sus consecuencias. No habla a los cristianos. En su tiempo, no existían. Se dirige a todos, sin distinción. Anuncia, no impone. Invita, no obliga. Denuncia, protege al débil y marginado. 
 
Somos seguidores de Jesús, no sus propietarios. La Iglesia, a menudo, tiene que recordarlo para no caer en la tentación de privatizar su persona y su mensaje. Cuando proclama las bienaventuranzas, no apunta a una élite espiritual capaz de entenderlas. Se abre a todos sin excepción. Revela una dimensión profunda de la persona. No apunta a una característica exclusiva de los cristianos. Resultaría curioso afirmar la catolicidad (universalidad) de la Iglesia y, a la vez, privatizar el mensaje de Jesús, como si fuera un valor de consumo interno eclesial. La pretensión de Jesús es universal. Que se lo acoja o no, depende de la luz y la responsabilidad de cada persona. Cuando Jesús afirma: «Está cerca el Reino de Dios: convertíos y creed la Buena Noticia» (Mc 1,15), subraya la cercanía del Reino de Dios frente a una espiritualidad de huida hacia el más allá sin comprometerse en el más acá. Los dos requisitos son la conversión, el cambio de mentalidad, la aceptación de unos valores nuevos, y la fe en la buena noticia.
 
Privatizar a Jesús tiene una segunda consecuencia: desactivar una pastoral abierta a todos los hombres y mujeres de nuestro tiempo. En este caso, se habla para los del gremio, para los nuestros, pero no para todos. Este planteamiento es contrario a la práctica y al mandato de Jesús: «Id por todo el mundo y anunciad el evangelio a toda la humanidad» (Mc 16,15). Su mensaje no es exclusivo o minoritario. Podemos confundir erróneamente anuncio con seguimiento. Jesús invitó a los apóstoles y obtuvo una respuesta positiva. Jesús invitó al joven rico, cuya respuesta fue negativa. No siempre la llamada se ve correspondida por la respuesta. No podemos reservar el anuncio para las homilías, para nuestras parroquias, para nuestros grupos… Hay que abrirse a toda la humanidad, porque el mensaje de Jesús se dirige a todos. Las dificultades no son pocas. Si seguimos pensado que Jesús es nuestro patrimonio, nos costará compartirlo. Si seguimos creyendo que su mensaje es sólo para los cristianos, lo convertiremos en producto de consumo interno. Si no sabemos dialogar con el mundo contemporáneo, nos recluiremos en nuestros templos o en nuestras casas para buscar la seguridad. Jesús afronta la intemperie y nos revela la verdad, el amor y la libertad del hombre a la luz de Dios.